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martes, 24 de junio de 2014

LA LEYENDA DEL CRISTO DE LA LUZ Y LAS BOMBILLAS IMPOSIBLES




Cuentan las crónicas que acababa de producirse la toma de Toledo, y que el rey Alfonso VI había decidido acceder al centro de la ciudad por el camino menos lógico, dando un pequeño rodeo tras cruzar la puerta de Bisagra. Aseguran que, al poco de cruzar otra de esas puertas, la de Valmardón, su caballo se detuvo en seco e, hincándose de rodillas, se negó en rotundo a avanzar más.

La mezquita del Cristo de la Luz, en Toledo, el lugar en que se encontró ese
misterioso objeto.

El animal se había detenido frente a la fachada de una pequeña mezquita, y algunos miembros del séquito quisieron ver en aquello alguna especie de mensaje divino. Tras excavar en el templo, dicen que los hombres del rey hallaron una sala que había permanecido tapiada durante siglos, y que contenía un crucifijo… ¡y una lámpara que había permanecido encendida todo ese larguísimo periodo de tiempo, desde tiempos del rey don Rodrigo y la toma de la Península por las tropas musulmanas!
De primeras, el relato hace dibujar al lector una sonrisa condescendiente, y pensar que no es más que lo que aparenta: una fábula milagrera, de imaginación y superchería nada más.
Una más de tantas como se forjaron en la Reconquista, para dar más legitimidad a los cristianos frente al enemigo musulmán.
Y sin embargo, hay por ahí otras leyendas, mucho más recientes, que merecen ser traídas a colación, mencionadas sólo por el gusto de especular, y hacer que esa sonrisa condescendiente pase a un arrugar el ceño reflexivo, curioso e intrigado.
Como por ejemplo, la de la pila de Bagdad, que ya comentamos por aquí, y que según algunos demuestra la existencia en el pasado de electricidad, o formas, al menos, de acumularla. O la de esa enorme bombilla que aparece reflejada en un bajorrelieve egipcio (ver ilustración) y que explicaría la manera de trabajar de los egipcios en el interior de las pirámides, sin que hayan quedado señales de fuego ni nada parecido en las paredes de esos túneles inescrutables, silenciosos y oscuros.
¿Quién nos dice que no son evidencias, o pistas, de una tecnología increíble del pasado? ¿Quién que no entonces, como ahora, se mantuvieran en secreto determinadas maravillas comprometedoras, ocultas al común de los mortales?

¿Es este bajorrelieve la prueba de que los antiguos egipcios conocían
la electricidad?

Si rizamos aún más el rizo, no debemos olvidar que Toledo fue, en el pasado, la ciudad de la magia. El Área 51, para entendernos mejor, del medievo y aún más atrás. Un lugar de concentración de sabios, magos, astrónomos, alquimistas, y quién sabe de qué otros expertos. ¿Quién puede asegurar saber todo lo que pasó tras los muros de sus casas, en esos sótanos, en esas cuevas?

La sonrisa, probablemente, haya vuelto de nuevo al rostro del lector. No le culparemos por ello, es normal. Sólo le advertiremos de que la historia del saber está llena de anécdotas en torno a leyendas que, tras un largo periplo de burlas y descreimientos, resultaron ser ciertas…

viernes, 3 de enero de 2014

¿QUÉ SON LOS ANUNNAKI?


El misterio sobre el origen de la civilización sigue siendo una preocupación fundamental de nuestra cultura occidental. La ciencia –nuestra religión actual– no ha logrado responder aún a una pregunta que para los pueblos antiguos tenía su solución en dioses venidos del cielo, casi siempre de aspecto humanoide, aunque con algunas diferencias…

El arte oriental, y especialmente el de las grandes civilizaciones como la babilónica, o la egipcia,
están llenos de referencias a seres gigantescos, mezcla de humanos y animales...

Para investigadores como Zecharia Sitchin, las similitudes que existen entre mitos de distintos pueblos del pasado es una prueba de que algo real los inspiró a todos. Esos dioses creadores, llegados desde las estrellas, debieron existir realmente, quizá venidos desde algún planeta lejano.
Son, según recoge de los textos sumerios –los primeros textos humanos que se conocen– los Anunnaki.
Provendrían de Nibiru, un planeta situado en una galaxia lejana, con condiciones climáticas muy similares a la Tierra.

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En su teoría –la de Sitchin– ese planeta Nibiru habría sufrido en algún momento del pasado un cataclismo que habría obligado a sus habitantes a tener que buscarse la vida por el resto del Universo.
La Tierra habría sido para ellos un buen lugar donde abastecerse –de oro, principalmente, el mineral de los dioses, para los egipcios– y de ahí habría venido la necesidad de colonizar este planeta.
Probablemente, dicen los investigadores, los Anunnaki tuvieron que crear a los humanos como una forma de facilitar la extracción de la riqueza. Animales de carga, digamos. Mitad terrícolas –puede que con ADN de los misteriosos neandertales–, y mitad extraterrestres.
Es, como puede verse, una teoría seductora, muy elaborada e interesante, que se hace más creíble según se ahonda en ella.
Tiene, por supuesto, multitud de inconvenientes, pero como cualquier teoría que se precie.
El caso es que se fundamenta en los restos que nos quedan del pasado, y eso juega a su favor.
La Tierra, tan inmensa para nosotros, humanos, está llena de pistas que nos hablan de culturas aisladas entre sí que llegaron a las mismas conclusiones, que se desarrollaron de maneras muy similares; que construyeron pirámides, por ejemplo, o que elaboraron religiones muy parecidas entre sí…
Dicen que los Anunnaki regresan a la Tierra periódicamente, cada 3.600 años. Y que su próxima llegada está próxima.
Esperemos que no se enfaden mucho por el estropicio que hemos montado durante su ausencia...

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viernes, 20 de septiembre de 2013

LA PLATAFORMA DE BAALBEK



Cuando los romanos aparecieron por allí, no eran ya más que unas ruinas. Unas ruinas inmensas, imposibles, que debieron dejarles impresionados. No en vano, se apresuraron a erigir sobre ellas un templo, dedicado a su adorado Júpiter.
¿Cómo fueron capaces aquellos hombres aquellos inmensos sillares?
¿Poseían una tecnología desconocida, quizá proveniente de algún lugar remoto del espacio?

Antes, ya lo habían hecho los griegos. Pero ellos, como los romanos, se habían limitado a aprovechar ruinas anteriores. Antiguas, no sabemos de cuándo, pero sí que quienes las levantaron debían manejar una técnica que se nos escapa.
Y es que en Baalbek, al norte del Líbano, encontramos sillares de veinte metros de largo y más de 2 toneladas de peso. Ir allí y fotografiarse con una de aquellas moles es suficiente para comprender que hablamos de un absoluto misterio. Las explicaciones que se han dado para la construcción de las pirámides egipcias se quedan cortas, y vienen a la mente otros misterios, más lejanos, como el de Tihuanaco.
Parece claro que la plataforma fue utilizada por un pueblo antiguo para adorar al dios Baal, un dios creador del mundo que estudiosos como von Daniken asocian a mitos que recorren el mundo entero, y que hacen referencia a seres venidos de otros mundos, que habrían sido responsables de la civilización en la tierra.
Como sea, pocas cosas hay en el mundo más impresionantes que aquellas ruinas. Y surgen, seguidamente, algunas preguntas: ¿cómo fueron capaces, en el pasado, de manejar aquellas inmensas piedras? ¿Qué función tenía aquella plataforma? ¿Cuántas más podría haber en otras partes del mundo, quizá cubiertas de tierra, formando mesetas que confundimos ahora con formaciones naturales?

A veces da la impresión que lo que hemos dejado en el pasado es mucho más incierto que lo que nos acecha en el futuro… ¿No creen?

jueves, 22 de agosto de 2013

LO QUE GRITAN LAS PIEDRAS DE STONEHENGE



Hablamos de Stonehenge, pero podemos hablar de cualquier monumento de ésos que conocemos como megalíticos. Se trata, quizá, de las huellas más enigmáticas dejadas por el hombre antiguo, cuyos secretos siguen ocultos, contrastando el silencio de la piedra que las compone con la majestuosidad y dimensiones con que abruman a quien se acerca a ellas.
El secreto de Stonehenge, y del resto de los monumentos megalíticos, va más allá
de todo lo que conocemos...

Dicen los expertos que pudieron ser centros ceremoniales. Como las catedrales, o los templos egipcios, o las pirámides de Centroamérica. Puede ser, no vamos a ser nosotros quienes lo neguemos, pero sí que sería bueno echarles un nuevo vistazo.
Porque como aquéllas, son construcciones enormes. Gigantescas, muy por encima de las proporciones humanas. Toscas, inabarcables, construidas a lo bestia. Uno ve esas rocas, de una pieza, sosteniendo, como en equilibrio, a otra similar que reposa sobre ellas, y no puede evitar imaginar a un forzudo de cuento manejándolas, con la negligencia de un niño, y distribuyéndolas de cualquier modo.
¿Cómo pudieron erigir aquellos hombres tamaña bravuconada arquitectónica? ¿Cómo, si hacemos caso a quienes nos los pintan como miembros de tribus poco evolucionadas, habitantes de chozas que manejaban con torpeza el fuego, podemos imaginar que lo lograron?
Seguirán planteándose hipótesis, y no se dará con la solución. Por el simple hecho de que todos se equivocan. Hay algo en este misterio que va más allá de lo que conocemos, que se hunde, por su propio peso, en lo más profundo y primitivo del hombre.
Aquél –se ve a primera vista–, fue un esfuerzo desesperado. Un mandato que iba más allá de las necesidades humanas. Llámenlo religión; llámenlo simples supersticiones.
En el mismo corazón de Europa.
Desde el sur de Inglaterra, pasando por Francia, Alemania, España, Baleares, Malta, Italia, Turquía… Los hombres sintieron, hace unos cinco mil años aproximadamente, la necesidad de amontonar piedras inmensas. Reunirlas en torno a círculos, crear atmósferas oscuras imitando a las cuevas que les protegían.
¿Qué temían? ¿Qué trataban de evitar?
Lo que fuera, se los llevó para siempre o les hizo callar de inmediato.

Aquellas ruinas lo atestiguan. Con su eterno silencio. 

martes, 20 de agosto de 2013

EL INCREÍBLE Y ENIGMÁTICO VIAJE DE RATA Y MAUI



En 1974, un investigador neozelandés de la Universidad de Harvard anunciaba un descubrimiento sin precedentes que ponía patas arriba alguno de los supuestos más consolidados de la hasta entonces Historia Oficial de América. Tras haber estudiado en profundidad una inscripción hallada en el s. XIX en una gruta de Tinguiririca (paraje de los Andes chilenos), concluía no sólo que aquella no era, como se había pensado hasta ese momento, una inscripción de algún pueblo del entorno, sino que quienes la habían hecho procedían de muy lejos, nada más y nada menos que de Egipto…
Pensar que los pueblos antiguos se limitaron a permanecer en tierra es limitar los horizontes,
subestimarnos a nosotros mismos, sus herederos...

Aquella inscripción sería una prueba más de hasta dónde había llegado en el pasado el poder de los faraones.
En concreto, de uno de los viajes más misteriosos de la Antigüedad, el llevado a cabo por el capitán Rata y el navegante Maui.
Hacia el año 232 a. C., el faraón Ptolomeo III pone al frente de una flota a estos dos marineros, con el objetivo de circunnavegar el globo y demostrar las teorías de Eratóstenes (el famoso científico, entonces también al frente de la biblioteca de Alejandría).
La flota habría partido del mar Rojo, habría cruzado el océano Índico y después el Pacífico y, a tenor de la inscripción, haber llegado a Chile y haberse adentrado en el interior del continente Sudamericano, reclamando aquellas tierras para su soberano.
A partir de ahí, las teorías se dividen en dos.
Para unos, la flota habría seguido después hacia el Atlántico. Prueba de ello sería la existencia de un islote conocido con el nombre de Rata frente a las costas de Brasil. Para otros, los navegantes egipcios habrían tomado una corriente oceánica que les habría llevado a Hawai.
Esta segunda es la teoría que más adeptos aglutina.
Entre ellos, Thor Heyerdahl, que valora la posibilidad de que la leyenda de Tiki –la de los dioses que llegaron del Oeste–, esté vinculada a este misterioso viaje, y otros, que consideran que el nombre Maui –el de una de las islas principales de Hawai–, corresponde al del mítico capitán.
Por lo demás, sobre inscripciones egipcias y fenicias en América hay todo un mundo de especulaciones.
Las habrá verdaderas; también falsas.
Pero, ¿quién se resiste a pensar que los grandes imperios del pasado –Mayas, Incas, Egipcios– no se conformaron con dominios en tierra firme, y se lanzaron a extender su poder también hacia el mar?

Hacerlo es limitar los horizontes, subestimar el coraje y arrojo de aquellos hombres y mujeres que, sabemos, fueron capaces de los más impresionantes prodigios.

viernes, 26 de julio de 2013

NAPOLEÓN Y LA GRAN PIRÁMIDE



Estos dos elementos, por separado, dan mucho que hablar. Entre ellos puede organizarse una biblioteca entera, con cientos de libros que, directa o  indirectamente, hablan de ellos. Uno es uno de los personajes más relevantes de la historia Occidental. El otro, uno de los mayores misterios del mundo antiguo.
Fue en 1798 cuando se encontraron.
¿A qué se debía el enorme interés de Napoleón por los secretos del Antiguo Egipto?

(Para algunos, el encuentro fue algo más tarde, en 1799).
El caso es que Napoleón se encontraba en la tierra de los faraones, al frente del mayor y más glorioso ejército de su época. Había llegado allí para conquistar, como antes habían hecho Alejandro Magno o Julio César.
Como ellos, estaba fascinado por el monumento. ¿Quién no?, pensará quien haya estado allí, cuando en pleno siglo XXI, siglo de maravillas, el perfil triangular de esa enorme mole nos sigue seduciendo y evocando todo tipo de fantasías…
Napoleón, el general y posterior emperador, había oído decir que sus grandiosos predecesores habían pasado una noche en la cámara sepulcral de la Gran Pirámide. Él, consciente del papel que le tenía reservada la historia, sucumbió al encanto de las leyendas, y quiso probarlas inmediatamente.
Cuentan quienes saben de esto que el general salió a la mañana siguiente pálido y enormemente impresionado. Que no dijo nada de lo que había vivido, aunque era evidente que aquella noche no había sido fácil…
¿Pudo tener algo que ver aquella especie de iniciación con lo que vendría después?
Los más escépticos dirán que no, claro, ajenos a estos recovecos mágicos de la historia. Pero quienes sí creen, quienes se mantienen al acecho del misterio, podrán comprobar, analizando los hechos posteriores de la vida del general, cómo se dieron, en numerosas ocasiones, acciones fortuitas, o inexplicables, en las que una oscura razón se nos escapa…
¿No es verdad que, contra toda lógica revolucionaria, el general llegó a coronarse emperador? ¿No es más cierto que, en lo más oscuro de su carrera, recluido en la isla de Elba y cuando todos le daban por acabado, logró regresar y comandar de nuevo a sus fieles hacia la batalla?
Lo que sí parece claro es que su campaña en Egipto fue llevada a cabo siguiendo intereses más allá de lo estratégico y lo militar.

Lo demás, los detalles, los comparten nada más que el general, en su tumba, y la Gran Pirámide en el silencio de sus piedras…

jueves, 13 de junio de 2013

EL ENIGMA DEL NÚMERO ÁUREO



Todo buen aficionado al misterio y a los enigmas de la historia ha oído hablar alguna vez de este número, también referido frecuentemente como proporción.
Para los matemáticos no es más que una regla que aparece en la naturaleza y que establece cierta relación entre dos rectas, pero para quien está dispuesto a ir más allá –como, por otra parte, hicieron genios como Leonardo Da Vinci–, el número áureo adquiere categoría de mágico, repleto de un sentido que se nos escapa, aunque esté por todas partes.
¿Qué pretendían artistas de la talla de Leonardo Da Vinci con la aplicación,
en sus obras, del número áureo? ¿Era una mera técnica estética, o encerraba alguna especie de mensaje cifrado?

El primero que se percató de su existencia fue el griego Euclides, que lo definió y estableció su fórmula. Luego, el número sería retomado por los renacentistas, que aplicarían sus mágicas proporciones a sus obras.  
Durero, el ya mencionado Da Vinci, Miguel Ángel… Todos, casi de forma obsesiva, intentaron que aquella proporción estuviera representada en sus cuadros (como la Mona Lisa) o sus esculturas (el David de Miguel Ángel), ya fuera para procurarles una armonía natural y hacerlas más perfectas visualmente, o para otorgarles un sentido esotérico, convertirlas en portadoras de un mensaje oculto al profano, de comunicación directa con Dios…
También la arquitectura sucumbió al poder mágico de este número.
Ya fuera por casualidad –como dijimos, el número y la proporción áurea se encuentra en todas partes, allá donde miremos–, o por empeño místico de sus creadores, encontramos el rastro de esta cifra divina en obras y monumentos de todos los tiempos. Las pirámides de Egipto, las catedrales góticas, las más modernas construcciones de Eiffel, en París…
Y en España, claro.
De entre las más curiosas, la catedral de Jaén, famosa en los últimos tiempos por su presunta relación con la lápida de Arjona y la búsqueda de la Mesa de Salomón. Su arquitecto, Andrés de Valdevira, fue un iniciado, se supone, en el saber perdido de los templarios y, fuera de toda duda, erigió, en el centro mismo de la península, un templo renacentista de proporciones áureas, que muchos interpretan como un Templo de Salomón ibérico.
¿Quizá con la intención de que no desmereciera junto a la reliquia que albergaban sus subterráneos?

Sólo el conocimiento y desciframiento de esos códigos naturales (¿divinos?) nos permitirá acceder a esa verdad que, de momento, se nos escapa.

jueves, 6 de junio de 2013

LAS CUEVAS DE AJANTA



El viajero tiene infinitas excusas para acudir a la India. Su inmensidad geográfica, demográfica y espiritual convierten a este país en algo más parecido a un continente, donde el exceso, en nuestra humilde opinión, es la nota más destacable.
No en sentido negativo, pues faltaría más.
En cuestión de misterios, desde luego, no lo es.
¿Quién construyó realmente las cuevas de Ajanta? ¿Esconden sus muros la prueba
de contactos extraterrestres en el pasado?

Y es que la India, aquél pedazo de tierra que se desvinculó de África en el pasado remoto, y que navegó por el Índico hasta formar, golpeando bruscamente contra Asia, la maravillosa cordillera del Himalaya, conjuga en su territorio montones de credos, de enseñanzas, de sorpresas que sólo aquel que se atreve a aventurarse en su seno –su difícil, pero gratificante seno– consigue descubrir.
Las cuevas de Ajanta son un ejemplo.
Talladas en la roca, suponen una maravilla arquitectónica única en el mundo, que los expertos fechan a partir del s. II a. C.
Barrocas, llenas de adornos, bajorrelieves, pinturas, esculturas, asombran al visitante, pero mucho más al amante de los enigmas.
Porque la pregunta primera que nace al penetrar en cualquiera de ellas es: ¿cómo lograron sus constructores tan llamativo resultado, utilizando la tecnología con que contaban, se supone, en una fecha tan remota?
La perplejidad aumenta según conocemos más datos.
Como la orientación astronómica de su diseño. O la representación, a lo largo de sus paredes, de seres mitológicos que, para algunos, no son más que muestras de las mezclas entre hombres y animales que llevaron a cabo quienes crearon el mundo, y que algunos identifican con supuestos experimentos extraterrestres.
Sea esto posible o no, realidad o simple especulación fantasiosa, el enigma de las cuevas persiste. Es, como en el caso de las catedrales europeas, los grandes monumentos egipcios o las pirámides mayas, un misterio a primera vista.

Que está ahí, como testimonio de un pasado oscuro, aunque, paradójicamente, tan lleno de asombrosa luz…

lunes, 3 de junio de 2013

EL MISTERIO DE LA ESFINGE Y LOS ATLANTES DEL MAR EGEO



Fue un vidente el primero en poner en cuestión las cifras que daban los científicos.
Hasta que Edgar Cayce (1877-1945) hizo públicas sus alucinaciones, sus sueños o lo que quisiera que fuera aquello que le ocurría al entrar en trance, todos pensaban que la esfinge era un monumento contemporáneo a las pirámides de Guiza.
La esfinge aguarda, sigilosa y majestuosa, la resolución de sus enigmas...

Todavía hoy se habla de unos veintiséis siglos antes de Cristo como fecha oficial, una tontería al lado de los 12.500 años que tendría según las afirmaciones del vidente norteamericano.
Hoy, el paso de las décadas y la curiosidad despertada por este iluminado en investigadores de todo el mundo ha hecho que existan cientos de estudios y datos que hacen tambalearse los presupuestos “oficiales”.
Para algunos sólo es cuestión de observar a la esfinge.
Ver su superficie erosionada por una lluvia poderosa que rara vez cae en el desierto en la actualidad, pero que sí se daba en la zona muchos siglos atrás, cuando el desierto todavía no había alcanzado el territorio de los faraones.
Para otros, las estrellas, su posición en el momento en que la esfinge fue proyectada, dice mucho en favor de Cayce.
El caso es que todavía no ha sido encontrada la cámara que él situó bajo el monumento, y que contendría pruebas incuestionables sobre la civilización que en el pasado lo erigió. (Algunos dicen que sí ha sido descubierta, pero que las autoridades la ocultan quién sabe a cuenta de qué oscuros intereses…)
¿Es la esfinge una prueba evidente de alguna civilización perdida en el remoto origen de los tiempos?
Para algunos, como Graham Hancock, habría que mirar algo más al norte, en el mar Egeo, y en los restos de la enigmática civilización que habitó Creta.

Allí podría haber una respuesta al silencio que guarda, imperturbable, la careta rígida de la misteriosa esfinge…

martes, 28 de mayo de 2013

LA PILA DE BAGDAD



El 11 de abril de 2003, Bagdad, la capital de Iraq, se convertía en el centro de la atención mundial por la cruzada que el presidente Bush y sus aliados llevaban a cabo contra el régimen de Sadam Hussein. El montaje mediático y político lograba su objetivo, y el régimen del dictador caía tras una batalla que se había calificado de relámpago y que aún hoy, diez años después, sigue activa.
La famosa pila de Bagdad, una simple tinaja de barro que pone al descubierto
aspectos del pasado totalmente sorprendentes...

El museo de la capital iraquí, famoso por sus joyas de arte y arqueología mesopotámicos, se veía afectado por el saqueo. Miles de piezas salían entonces del edificio, según unos para ser protegidas de los bombardeos y los estragos de la guerra, y según otros, directamente hacia el mercado negro.
Entre ellas se encontraba la mítica pila de Bagdad.
Hallada durante unas excavaciones en los años treinta, sigue siendo objeto de polémica entre los científicos.
A primera vista parece una simple vasija de arcilla, pero el mecanismo simple encontrado en su interior, compuesto de una varilla y un cilindro metálicos que posiblemente estuvieron recubiertos de plomo, hacen pensar en otra cosa.
La teoría de que pudiera haber servido como pila generadora de electricidad no parece casar demasiado bien con la fecha aproximada de su fabricación, hacia el año 260 d. C. Parece imposible pensar que en aquella época y mucho antes –por el hallazgo, precisamente, de otras piezas similares en yacimientos mesopotámicos– el hombre conociera esta tecnología que, desde luego en Occidente, no llegó hasta muchísimo después.
El debate sigue, decimos, aún hoy. Los más escépticos creen que la pila de Bagdad no fue más que un recipiente de otros objetos. Rechazan algunas de las pruebas que se han llevado a cabo para demostrar su utilidad como instrumento tecnológico avanzado, y se ríen de quienes apuntan que podría haber sido utilizada en la construcción, por ejemplo, de las pirámides, y la decoración de sus interiores.
Como apunte –y sólo como apunte, sin más pretensiones–, recordaremos la leyenda en torno al Cristo de la Luz, en Toledo, donde, según las crónicas, el rey Alfonso VI habría encontrado, en la mezquita del mismo nombre, un crucifijo iluminado por una lamparita incandescente ¡que habría estado funcionando desde antes de la conquista árabe!

La pena es no saber si dicha lámpara tenía forma de vasija, y artilugios de metal en su interior…

lunes, 6 de mayo de 2013

EL ENIGMA DE LA MOMIA NEGRA


En 1958, el arqueólogo italiano Fabrizio Mori sorprendía al mundo anunciando el hallazgo de una momia en el corazón del desierto del Sáhara. De una momia, además, cuya datación era imposible cuadrar con lo que hasta ese momento se sabía de momias, pues tenía 5.000 años de antigüedad, mil más que las más antiguas que se habían hallado en Egipto.
El árido Sáhara, en el remoto pasado un vergel, oculta, bajo la ardiente arena,
fascinantes misterios...

Era, para mayor estupefacción de la comunidad académica, la momia de un niño de piel negra, quizá procedente del sur del continente.
¿Qué se podía hacer con este hallazgo?
Evidentemente, suponía tener que reescribir la historia. Los egipcios, desde luego, no habían sido los primeros del continente en comenzar a practicar momificaciones. Quizá tampoco los primeros en desarrollar allí, en aquella zona del mundo, una sociedad avanzada.
Alrededor del hallazgo había pruebas de una sociedad mucho más antigua y muy civilizada. Un pueblo que habitó no el desierto que hay ahora allí, sino un clima menos riguroso, con lluvias, vegetación y ríos, lagos, y todo lo demás. De ganaderos, pero también de comerciantes. Lo suficientemente desahogados de la lucha contra la naturaleza como para dejar constancia de obras de arte, pinturas y bajorrelieves que aún pueden contemplarse en paredes de colinas y grutas.
El niño de Muhuggiag –como se conoce el hallazgo, por el lugar en que fue encontrado–, es tan sólo una advertencia. Una pequeña muestra que ha salvado el paso de los siglos. Pero, ¿qué no habrá bajo las arenas del desierto, que en su momento fue un vergel? ¿Qué no en otros lugar hoy verdaderamente inhóspitos, que en su momento pudieron ser habitados?
En realidad, no somos más unos niños resabiados que se acaban de comprar un telescopio. El Universo está lleno de incógnitas, algunas que vemos y otras, la mayoría, que ni llegamos a atisbar. Misterios que, como este hallazgo, o las inquietantes pinturas de Tassili, en Argelia, ponen nuestra atención en ese remoto punto del planeta.
Por eso, por sorpresas gratas como ésta, la Arqueología es una ciencia tan fascinante y, el pasado, el mayor misterio de todos…

martes, 30 de abril de 2013

LOS ABUELOS DE INDIANA JONES. (1) GIOVANNI BELZONI



En Enigmas Misteriosos e Inexplicables somos fans de Indiana Jones, como no podría ser de otra manera siendo, como somos, apasionados del misterio, la Arqueología y la aventura. Iniciamos hoy, con la semblanza de Giovanni Belzoni, una serie de retratos de aquellos aventureros que, con sus hazañas y trabajos, inspiraron la figura del inmortal personaje del sombrero y el látigo.

Giovanni Belzoni nació en Padua (Italia) en 1778. Desde pequeño se le reconoció un espíritu inquieto, pero su primer deseo fue convertirse en sacerdote. Quizá adivinaba que su futuro más lejano se situaba en el interior de criptas oscuras, junto a figurillas antiguas de santos y el olor enigmático del incienso…
Giovanni Belzoni (1778-1823)

El carácter turbulento de su época le llevó a tener que salir del extranjero. Allí, su descomunal físico le condujo al circo. Fue uno de esos fortachones que, en siglos pasados, exhibían su fuerza levantando pesas luciendo grandes bigotes y el torso desnudo. Se paseó por Reino Unido, Francia, también España.
Entre actuación y actuación, dicen, logró estudiar ingeniería e incluso desarrollar un invento que imaginó podría llevarle a hacer una fortuna. Fue este ingenio el que lo llevó a Egipto. Tratando de vender el chisme –todo un fracaso, por cierto–, contactó con gente de las altas esferas.
En 1815, llegó a un acuerdo con el cónsul británico en el país de los faraones para transportar un coloso desde Luxor hasta Alejandría. Sería su primera actividad relacionada con las antigüedades, la primera de una actividad intensa en torno al tráfico de antigüedades desde Egipto a Europa.
El tráfico de objetos arqueológicos, fuera cual fuera su tamaño, fue la principal
ocupación de Belzoni durante su estancia en Egipto.

Siguió en ello durante un tiempo. Su fortaleza, su valentía, le convirtieron en el mejor de aquellos saqueadores que expoliaron todo lo que pudieron, sin piedad alguna, en un tiempo en que la ley del más fuerte era la única que imperaba en el negocio. Cabe imaginarle ataviado con su ropa de color caqui, la camisa abierta a la altura del pecho sudoroso, y el revólver, cargado, al cinturón… 
Algunos de sus descubrimientos son exhibidos hoy en museos. Él mismo se encargó de mostrar algunos de ellos en su vuelta a Europa, en una gira en la que aprovechó su experiencia como trabajador del mundo del espectáculo y el colorín.
Aprovecharía esos años de regreso para escribir un libro (hay edición en castellano), en el que narra sus andanzas.
Tras su primer y único viaje a Egipto no regresaría jamás. Moriría años después, en 1823, durante una expedición a Tombuctú.

sábado, 13 de abril de 2013

EL DISCO CELESTE DE NEBRA O LAS MIL Y UNA INCÓGNITAS DEL PASADO DEL HOMBRE




Estar dispuesto a aprender es también estar dispuesto a sorprenderse.
Cuando pensamos en civilización, solemos dirigirnos mentalmente a lugares como Egipto, Grecia o Mesopotamia. El Mediterráneo, China, o los enigmáticos pero desarrollados pueblos precolombinos de Mesoamérica y Sudamérica. Nunca, o casi nunca, pensamos en Centroeuropa. Nos han explicado siempre que allí, en las orillas de aquellos ríos, las profundidades de aquellos bosques, los hombres vivían en un estado de salvajismo, afilando sus hachas, lanzas y espadas, esperando la llegada civilizadora de los pueblos del Sur.
El disco de Nebra ha de enseñarnos, en primer lugar, que desconocemos una parte
importante del pasado del Hombre

Aunque existían pruebas sobradas de civilización (¿qué más prueba de organización social puede haber que Stonehenge o los dólmenes que encontramos a lo largo y ancho del continente?) hacía falta algo más, y ese algo llegó para la Arqueología en los años noventa.
Más exactamente, en el año 1999. Era entonces, a pocos meses de la entrada en el nuevo Milenio, cuando un grupo de aficionados a la Arqueología encontraba en Nebra (Alemania, estado de Sajonia-Anhalt), un extraño disco de oro y bronce, de en torno a 2 kilos de peso y algo más de 30 centímetros de diámetro. Un objeto tan raro, tan extraño y peculiar, que los investigadores creyeron, en un primer momento, que se trataba de una falsificación.
Se le hicieron todo tipo de pruebas, se investigó el chisme de arriba abajo, y resultó ser real. Nadie podía haber sido capaz de fabricar una falsificación de aquella calidad. Determinaron que su antigüedad era de cerca de cuatro mil años de antigüedad.
A partir de entonces comenzó a especularse sobre su función, su posible utilidad.
Las investigaciones apuntan a que el disco era utilizado como una especie de calendario
que se servía de la posición del Sol a lo largo del año.

En su cara principal aparecen representados claramente el Sol, la Luna, y constelaciones de estrellas, de las cuales la más visible parece ser la de las Pléyades. También unas figuras tachonadas de muescas que podrían haber servido para calcular la posición del Sol en diferentes estaciones del año, y que se asemejan a otras figuras similares encontradas en piedras, cuevas, y bajorrelieves del mismo periodo.
Una herramienta impropia, desde luego, de seres salvajes dedicados exclusivamente a la guerra de clanes, la caza y la recolección de frutos silvestres.
Demasiado, seguro, para gentes sin seso.
Y sin embargo, y a decir de los expertos, la más antigua representación del firmamento encontrada hasta ahora, no sólo en Europa, si no en todo el mundo.
Estamos convencidos, y nos atreveríamos a apostar, que no será la última. Siendo conscientes, como somos a estas alturas, de que conocemos muy poco, poquísimo, del pasado del Hombre.

lunes, 1 de abril de 2013

EL CRISTAL LÍBICO DE TUTANKAMÓN Y EL INQUIETANTE FENÓMENO DE TUNGUSKA




No nos cansaremos de repetir que pese a los adelantos técnicos, a los avances que los humanos de todas las partes del globo han ido sumando para conseguir –al menos hasta donde sabemos– la civilización más avanzada de todas las que ha podido pisar la faz de la tierra, aún sigue habiendo montones de cosas por descubrir. Montones de enigmas, de misterios que aún no han podido ser resueltos.
De entre todos ellos, el del enigmático cristal líbico es uno de mis favoritos.
El misterioso y enigmático cristal líbico aparece adornando uno de los tesoros encontrados
junto a la tumba de Tutankamón...

Hablamos de un cristal que fue encontrado entre los tesoros del mítico Tutankamón, y que supone un verdadero reto para la ciencia.
Porque se trata de un cristal extraño, que nada tiene que ver con otros que elabora por su cuenta la naturaleza. Léase cristales, por ejemplo, formados de forma natural durante las erupciones volcánicas.
Su color le asemeja al jade, pero no es jade. Es cristal, por su composición química, pero no se tiene constancia de otro que se le parezca.
Según los expertos, proviene de un lugar remoto del Sáhara; un punto de este inmenso desierto cuyos paisajes recuerdan a Marte. Quizá no por casualidad.
Se ha dicho que pudiera proceder del espacio exterior; haber llegado a la Tierra como parte de algún asteroide que en el pasado pudiera haber impactado contra la superficie africana. Pero, ¡ay!, se ha demostrado que no hay cráter allí donde aparece; ningún resto o prueba de impacto alguno, como sí los hay –muy evidentes– en otros lugares donde hay constancia de impactos similares.
¿Cuál es el origen, pues, del cristal líbico?
Las últimas investigaciones sugieren alguna relación con lo nuclear. Alguna especie de explosión nuclear, que podría haber formado estos cristales. Pero los estudios hablan también de que la formación de dichos cristales es muy antigua, mucho más que la invención de la fisión y otras siniestras meteduras de pata del hombre civilizado. Y entonces –tenemos que preguntarnos–, ¿qué pudo haber ocurrido hace miles de años; qué extraño fenómeno, de características atómicas, se produjo entonces en el Sáhara que dio como resultado estos bellos, pero misteriosos minerales?
La respuesta la encuentran algunos en el también extraño suceso de Tunguska.
Para los no iniciados, diremos que hay mucha información al respecto en Internet.
Hablamos de un misterioso fenómeno natural que asoló hectáreas de bosque, a principios del s. XX, en Siberia. Se habló primero de la caída de un meteorito, una hipótesis que finalmente fue descartada. Precisamente por la ausencia del propio meteorito. Y del cráter que, de haber hecho impacto en algún momento, habría en alguna parte.
¿Fue un fenómeno similar al de Tunguska el que dio como resultado la formación de los cristales líbicos? ¿Qué extraño fenómeno es ese, totalmente imprevisible y devastador?
El hecho de verlo relacionado con los faraones, y especialmente con Tutankamón, da que pensar. También su extraña belleza que, como en el caso del jade, lo hacen candidato número uno a convertirse en mineral sagrado…

jueves, 21 de marzo de 2013

LA MALDICIÓN DE TUTANKAMÓN



En 1923, el arqueólogo británico Howard Carter protagonizaba uno de los acontecimientos más destacados del s. XX penetrando en la cámara mortuoria del faraón Tutankamón, situada en el Valle de los Reyes, cerca de Luxor. Suponía un verdadero hito en la historia de la arqueología moderna, pero también –como no puede ser de otra manera tratándose de faraones y del Antiguo Egipto–, dejaba abierta la impredecible y mágica puerta de las leyendas sobre maldiciones y demás sortilegios malignos que han acompañado desde entonces la investigación de las civilizaciones antiguas.
¿Qué hay de cierto en la leyenda sobre la maldición de Tutankamón?

Se cuenta que, al acceder a la cámara, Carter descubrió una inscripción en la que se le advertía de los males que, a partir de entonces, se le iban a venir encima a él y a sus acompañantes. La inscripción ya no existe –fue destruida por sus operarios durante las excavaciones–, pero los hechos que vinieron a continuación pueden ser rastreados y constatados, y durante años ocuparon un puesto destacado en la prensa de la época, que vivió fascinada los acontecimientos.
El primero en sufrir el golpe de la maldición fue Lord Carnarvon, millonario y mecenas de Carter. Fue el primero en entrar a la cámara junto al arqueólogo. Días después de aquello, a causa de una infección provocada por una picadura de mosquito y una herida que se provocaba posteriormente mientras se afeitaba, moría entre grandes dolores y padecimientos en un hospital de El Cairo, en el hotel en el que se alojaba.
A él le seguirían un hermano suyo que viajaría con posterioridad a Egipto interesado por el hallazgo, un ayudante de Carter que había trabajado estrechamente con el arquóelogo, y un radiólogo que trabajó en las investigaciones en torno a la momia del faraón. No serían los únicos. Habría, en los años posteriores, suicidios, accidentes extraños, y todo tipo de fatalidades difícilmente explicables por la mera casualidad. Incluso un canario que acompañaba al equipo durante las excavaciones moriría extrañamente, y de manera fulminante, atacado por una cobra, según la mitología egipcia, animal encargado de la protección de los faraones…
¿Se abrió realmente, junto al sarcófago del faraón, una maldición que condenaba a quienes
se atrevían entonces a interrumpir el sueño eterno de éste?

Hay, por supuesto, escépticos que se niegan a tomar en serio el asunto de la maldición, y que exponen todo tipo de razonamientos para concluir que todo esto no son más que casualidades, y que la mayoría de quienes participaron en el hallazgo murieron cumplidos los setenta años.
Es posible que tengan razón, y la lógica así se lo concede. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Nosotros, por nuestra parte, nos quedamos con una escena, una sola: la del aullido del perro de Lord Carnarvon la noche en que moría éste, y que se producía segundos antes de que el propio animalito cayera fulminado junto al cadáver de su dueño.
Así, al menos, cuenta la leyenda…

miércoles, 13 de febrero de 2013

LAS PIRÁMIDES DE BOSNIA




En octubre de 2005, el investigador bosnio Semir Osmanagich sorprendía al mundo al descubrir la existencia de una gran pirámide en el corazón de Bosnia Herzegovina, a unos kilómetros de su capital, Sarajevo. Según sus cálculos, la pirámide, de 213 metros de altura, podría tener 14.000 años de antigüedad y estar rodeada de varias pirámides más pequeñas.
¿Pirámide imponente o un mero accidente geológico? La arqueología ayudará a desentrañar el misterio

La noticia, más que sorprendente, ha estado rodeada de polémica desde el principio. Para científicos y escépticos, la pirámide no es más que de una montaña con forma piramidal, un efecto óptico que se produce al mirarla desde un determinado ángulo. Una formación geológica curiosa, nada más. Para Osmanagich, sin embargo –cuyos estudios han sido apoyados desde el principio por el gobierno Bosnio– los hallazgos realizados en el entorno no dejan lugar a dudas: se trata de una pirámide comparable a las que pueden encontrarse en Egipto o Mesoamérica.
Incluso va más allá, y habla de la construcción como de una especie de catalizador o generador de energías cósmicas, tal y como se viene especulando desde hace años en torno a las pirámides que existen en todo el mundo.
En cualquier caso, parece ser que las excavaciones que se están llevando a cabo en el torno de la pirámide hablan de una civilización muy avanzada, capaz de erigir pirámides y de otros logros técnicos de cierta envergadura. Como esferas de piedra similares a las encontradas en Costa Rica o Méjico...
Todo está por ver, pues se trata aún de unos trabajos muy recientes. En arqueología, como en otras ramas de la ciencia, es necesario mucho tiempo y mucha paciencia para obtener resultados fiables. A veces, tras la grandilocuencia de los titulares no hay nada. Podría ser que no hubiera pirámide, y sí ganas de manipular el pasado –como ha ocurrido otras veces– a favor de la ideología. También podría ser lo contrario, y en ese caso, tendríamos que cambiar nuestra concepción del pasado.
¿Quién sabe lo que oculta el suelo que pisamos? A veces una simple montaña es algo más…

jueves, 7 de febrero de 2013

AMÉRICA: EL CONTINENTE MÁS MISTERIOSO




Hasta no hace mucho, la ciencia trataba de explicar el origen de los americanos hablando de una migración procedente de Asia a través del estrecho de Bering. Era lo más lógico, teniendo en cuenta las pruebas. Aquel estrecho habría sido en su momento accesible a pie; en el adn de los pueblos del Nuevo Continente hay huellas de un pasado asiático... Todo, o casi todo, parecía ir en esa dirección. No había nada que discutir. ¿O sí?
El origen de los antiguos pobladores de América sigue siendo aún hoy un misterio.

La arqueología, enemiga de cerrazones y escepticismos, lleva un tiempo peleándose con esta teoría. Hay investigadores que hablan de pobladores ancestrales que ya andaban por allí antes de la presunta migración. Algunos plantean la posibilidad de una migración, también desde Asia, pero por el sur, esto es, por una supuesta placa de hielo que se habría extendido al norte de la Antártida… Pero esto es aún más difícil de creer.               
Otros, más osados, hablan de migraciones por mar.
Es una posibilidad que ha sido negada constantemente, pero que cada vez gana más fuerza. Ya hablamos en su día de Thor Heyerdahl, un verdadero empirista, se diga lo que se diga. Y de los olmecas, y sus cabezas –y otros objetos más pequeños pero igual de impresionantes– que representaban gente de aspecto africano. Hay un libro, de un tal Zecharia Sitchin, que ofrece una nueva posibilidad: en América hubo, antes de Colón, gentes procedentes de Oriente Medio.

Se trata del libro Los reinos perdidos, que ofrece numerosas pruebas para ilustrar esta idea. Tal y como se relata en él, existen en diversas culturas precolombinas representaciones plásticas –en glifos, estatuillas, jeroglíficos– de gentes que presentan rasgos semíticos. Gentes de barba abundante, de ropajes similares a los de los fenicios, que siempre o casi siempre son referidos como dioses, o de seres venidos de otros mundos. Que llegaron en un momento del pasado y luego se marcharon. Hay también elementos culturales en estas tradiciones americanas que, según Zecharia Sitchin, sólo encuentran explicación en alguna especie de contacto con tradiciones de fuera del continente. Determinados conocimientos astronómicos, matemáticos, y de leyendas, que coinciden asombrosamente con los que se dieron en Sumeria, Mesopotamia, o Egipto. Leyendas que aparecen reflejadas en la Biblia, por ejemplo, o determinados mitos demasiado coincidentes.
Por no hablar de las pirámides, claro, o de la costumbre de momificar a los muertos. Caín y Abel, el mito del Diluvio…
Parece haber demasiadas semejanzas; un mensaje oculto y enigmático que todavía necesita un empujón. El que le dé la Arqueología, futura protagonista de este interesante dilema.

lunes, 17 de diciembre de 2012

VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LA AMÉRICA PRE COLOMBINA




La Historia suele ser injusta con los perdedores; en el mejor de los casos los ignora, u ofrece de ellos una visión totalmente equivocada que nada tiene que ver con la realidad. Es el caso de los habitantes del Nuevo Mundo después del “Descubrimiento” y posterior conquista.
El pasado de América sigue siendo un gran enigma.

En su libro 1491 Una nueva historia de las Américas antes de Colón, Charles C. Mann trata de romper algunos tóicos y ofrecer una visión más real de lo que era aquel continente antes de que Colón y su tripulación arribara a las Bahamas.
En primer lugar, insiste en que los datos de población de aquel continente precolombino que se han estado barajando hasta el momento son erróneos. Considera que se fundamentan únicamente en lo que vieron los conquistadores, y que para nada tienen que ver con la realidad. Según apunta, basándose en estudios científicos, la llegada de los europeos trajo una serie de enfermedades –principalmente la viruela– que fueron diezmando a la población mucho antes de que lo hicieran los propios europeos y sus armas. De esta manera, Pizarro habría conocido un imperio Inca inmerso en una suerte de “peste negra” que habría facilitado la conquista de aquel pueblo, negando otras razones que han sido defendidas durante siglos, como la inferioridad técnica de los indígenas, o el terror que podrían haber causado soldados cubiertos de armaduras a lomos de caballos. Charles C. Mann cree que, de no haber hecho aparición años antes la viruela, los Incas –o lo que quedaba de ellos– podrían haberse enfrentado a los conquistadores dignamente, y haberles dificultado mucho más la victoria o incluso haber podido derrotarles.
Como el de Egipto, la mayor parte del pasado de América sigue siendo un enigma. Los descubrimientos que siguen produciéndose a cada momento cuestionan cada vez más lo que dábamos por sabido. Tiahuanaco, el misterioso pueblo Chachapoya o los olmecas, suponen un verdadero reto para arqueólogos, historiadores y científicos. ¿Qué función tenían las figuras de nazca? ¿Por qué los mayas se empeñaron en poblar la península del Yucatán, en principio tan hostil para el hombre, que tuvo que realizar grandes esfuerzos técnicos para hacerla habitable? ¿Provenían los americanos de algún lugar de Asia o estuvieron allí siempre?
¿Qué función tuvieron las impresionantes figuras de Nazca?

Hemos empezado a interesarnos por todo esto hace relativamente muy poco –Machu Pichu, por ejemplo, fue dada a conocer para occidente bien entrado el s. XX–, y todo apunta a que las sorpresas que nos depara el futuro son enormes. Quizá la respuesta a muchos misterios se encuentre bajo tupidas selvas amazónicas, en algún valle andino, o al borde de un río de Norteamérica, bajo helechos y árboles gigantes.

viernes, 23 de noviembre de 2012

THOR HEYERDAHL, DESAFÍO A LA ORTODOXIA




En 1947 se producía uno de esos momentos cumbre de la historia que luego, por esas cosas que tiene la vida, quedan poco a poco en el olvido, recordadas únicamente por los amantes del misterio, la aventura y el conocimiento.
La Kon Tiki, tal y como puede admirarse en el museo de Oslo (Noruega) dedicado a Thor Heyerdahl y sus  expediciones.

Era el año en el que la Kon Tiki, una balsa fabricada en el Perú con troncos de árbol, paja y cuerdas, recorría, por mar –sin ayuda de un motor o de otras naves de apoyo– la distancia que separa las costas occidentales de América del Sur de la Polinesia. Su capitán, el antropólogo y aventurero noruego Thor Heyerdahl, demostraba así que el tráfico entre el continente y las islas que salpican el Pacífico había sido posible en el pasado, echando por tierra la cerrazón de aquellos que lo habían negado por completo durante décadas.
Se trata de una de las mayores gestas del ser humano, y que sorprende por su magnitud en diversos aspectos.
Por un lado está la aventura. Estremece imaginar a aquellos hombres flotando a merced de las olas, en mitad del inmenso Océano, y tratar de ponerse en su lugar. De noche, cuenta el propio Heyerdahl, en el libro que relata sus peripecias, les sorprendía el aspecto de la bóveda celeste, y les parecía haber retrocedido varios siglos en el tiempo.
Por el lado científico, la gesta vino a poner a prueba a quienes negaban la capacidad náutica de los hombres del lado izquierdo de los Andes. Venía a demostrar que podía haber habido contacto con los habitantes de ese continente anfibio situado en el triángulo formado por Hawaii, Nueva Zelanda y la isla de Pascua.
La expedición Kon Tiki sirvió para dar algunos pasos importantes en la resolución de los misterios de Pascua.

Luego, Heyerdahl se embarcaría en otras aventuras, que pretendían demostrar contactos similares entre Egipto y América, a través del Atlántico, pero esa ya es otra historia.
La Kon Tiki puede colocarse al lado de viajes míticos como el de Colón, Magallanes y muchos otros. Como aquéllos, tuvo en contra a muchos que, desde un lugar seguro en la tierra, le tachaban de loco e imaginativo.
Por suerte, tuvo la suerte de su lado para demostrarles que no estaba tan loco. 

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