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jueves, 2 de mayo de 2019

LOS ENIGMAS DE LA MONA LISA



No hace falta que digamos que se trata de uno de los cuadros más famosos del mundo. Tal vez el más reconocido, el que a buena parte de la población mundial le vendrá a la mente cuando piensan en arte y concretamente en pintura. Está en París, en el museo del Louvre, aunque su artífice fue italiano. Ni más ni menos que Leonardo Da Vinci.

¿Quién era realmente la mujer representada en el cuadro más famoso
de Leonardo Da Vinci? ¿Qué enigmas se esconden tras su misteriosa sonrisa?

Aunque se trata de una obra del Renacimiento italiano, del s. XVI, no sería hasta mucho más tarde que le llegaría el reconocimiento. Da Vinci había viajado con ella hacia el final de su vida hasta Francia, para ponerse a las órdenes de Francisco I, que la adquiriría para su colección personal, y tras haber pasado un tiempo olvidada, y haber sido rescatada posteriormente por Napoleón Bonaparte ‒que dicen que la colocó en su dormitorio‒ se convertiría en el mito que hoy es a partir del s. XIX, a medida que el interés por sus misterios fuera creciendo.
El primero de estos enigmas es la obsesión que el artista pareció tener por este cuadro. No lo firmó, ni lo fechó, y parece ser que jamás se desprendía de él. Los expertos indican que pudo tardar cuatro años en componerlo, aunque es de imaginar que siguió trabajando en él hasta mucho después
No se sabe quién exactamente está representado en el retrato. Se dice que Lisa Gherardini, la esposa de un mercader florentino, pero también que pudo haber sido la madre del artista ‒con quien parece tener algún parecido físico‒ o el propio Da Vinci, representado en ella como mujer en un extraño juego artístico que, para algunos, trataba de exponer así su lado femenino, o su presunta homosexualidad.
Hay letras y números ocultos en sus ojos. Sólo pueden verse al microscopio ‒las tesis más oficiales las niegan, por pensar que son interpretaciones erróneas de manchas de pintura‒ que muestran en un ojo la “L” y la “V” ‒de Leonardo Da Vinci, es de suponer‒ y una “C” y una “E” ‒o una “B”, según las versiones‒, en el otro, que ya parece más difícil de interpretar.
De otro lado están los propios misterios puramente artísticos, como el uso del sfumatto que convierte la sonrisa de la protagonista en un enigma en sí mismo ‒no se sabe si sonríe o se mantiene seria, dependiendo de cómo se la mire‒, y hace que el paisaje que se representa detrás modifique, con la manera en que ha sido ejecutado, la visión también del rostro y del cuerpo de la Gioconda.

Leonardo Da Vinci, artista y mago...

Hay un puente a la derecha de esta figura que podría estar haciendo alusión a unas inundaciones que se dice que tuvieron lugar en Bobbio, al norte de la actual Italia, en 1472 ‒72 es de hecho un número que parece estar presente, también, sobre el puente de piedra, de manera disimulada‒; para nosotros, amantes de la simbología, el puente es un símbolo muy sugerente que indica conexión entre dos mundos ‒como la vida o la muerte, o el mundo de lo real, y el de la ensoñación‒ al igual que el camino, que es otro elemento simbólico que se sitúa a la izquierda de la figura.
Y es que Leonardo, como toda la gente culta de su época, era un verdadero iniciado en los saberes ocultistas que buscan reflejo constante en la mayoría de sus obras.
Es, en nuestra opinión, la mejor manera de abordar sus misterios ‒como tuvo el acierto de señalar Dan Brown, y otros antes, o después, en sus trabajos‒ y que de forma más exacta, más aproximada, pueden hacernos comprender el carácter enigmático de la Gioconda, mujer enferma, maltratada, embarazada y triste, para algunos ‒los más escépticos, alzados sobre los hombros de los estudios científicos y médicos que se han realizado sobre el cuadro‒, y mujer en trance, en pleno camino hacia el otro lado, el de la elevación espiritual, para quienes vemos más real y factible el Leonardo alquimista y mago…

martes, 3 de febrero de 2015

ENRIQUE DE VILLENA, EL NIGROMANTE DE TOLEDO


Cuenta la leyenda que donde hoy se ubica el paseo del Tránsito, en plena judería toledana y al borde del Tajo, hubo en tiempos un palacio que hoy ha desaparecido por completo y en cuyo interior tuvo lugar una de las anécdotas más inquietantes y misteriosas de la ciudad imperial, la más mágica de todas, por otra parte.

¿Hasta dónde llegaron los conocimientos alquímicos del marqués de Villena?

Y es que aquel palacio era propiedad de Enrique de Villena, un noble de triste biografía que pasó la mayor parte de sus días encerrado entre sus paredes, estudiando, dicen, artes mágicas y todo lo que Toledo, en este sentido, podía ofrecerle, que era mucho.
Dicen que se convirtió en un gran experto, poseedor de una biblioteca impresionante dedicada a la nigromancia, la alquimia y otras artes ocultas –que luego se perdió, por un incendio–, y que hacia el final de su vida decidió poner en práctica algunos de estos saberes, en particular, aquellos que prometían una vida después de la muerte, que le rondaba de cerca.
El marqués –que así era conocido popularmente, aunque la verdad es que había perdido el título que le correspondía en una batalla disputada por su padre– dejó a su criado una serie de instrucciones que este debía de cumplir una vez exhalado el último suspiro. Dicen que aquél, de alguna manera influido por el respeto que le merecía la leyenda en torno a su amo –conocido en la ciudad por su sabiduría, pero también por su temible afición a lo oculto, siempre imbuida de cierto halo maldito– cumplió lo pactado y tras el fallecimiento del marqués se hizo pasar por él tal y como aquél le había ordenado.
La idea era dar a entender a los habitantes de la ciudad que seguía vivo, vistiendo sus mismas ropas y cumpliendo algunas costumbres diarias, como el ir a misa o asistir a determinados actos públicos.

La gran pirámide invertida de Toledo, de Marcus Polvoranca, una novela ambientada
en el Toledo mágico y subterráneo del padre Ventura, donde todas las leyendas cobran vida...

Dicen que lo cumplió a la perfección, durante un tiempo, hasta que un día la casualidad le obligó a descubrirse ante una comitiva callejera, y el fraude salió a la luz con todas sus consecuencias.
El criado se vio obligado a admitir que su amo estaba muerto, y ante las sospechas que recayeron automáticamente sobre él, tuvo que revelarles lo que había pasado, y conducir a las autoridades hacia el palacio del marqués.
Allí, por lo visto, lo que encontraron fue tremendo.
El marqués había ordenado a su criado introducir sus restos en un gigantesco alambique de cristal. Despedazado, para que su cuerpo pudiera caber por la embocadura.
Un ser deforme y grotesco había comenzado a crecer en él...



martes, 23 de diciembre de 2014

Ya a la venta!!! Enigmas Misteriosos e Inexplicables Revista número 3

Ya a la venta el nuevo número de la revista Enigmas Misteriosos e Inexplicables, en esta ocasión, dedicada a las leyendas en torno a la Atlántida, los zombies, y un regalo muy especial: un relato inédito protagonizado por el padre Ventura, el héroe de La gran pirámide invertida de Toledo, que en esta ocasión centra sus pesquisas en una de las mayores obras de El Greco...

Eso y... en fin... 
desearles a todos UNA FELIZ NAVIDAD!!!




Enigmas Misteriosos e Inexplicables Número 3
Diciembre de 2014

Contenido:
Las leyendas sumergidas de la Atlántida / Zombies, la verdadera historia / El padre Ventura y el secreto de El Greco (relato inédito del protagonista de La gran pirámide invertida de Toledo)

A la venta en Amazon.es y Sellfy.com

Lee las primeras páginas AQUÍ

jueves, 13 de junio de 2013

EL ENIGMA DEL NÚMERO ÁUREO



Todo buen aficionado al misterio y a los enigmas de la historia ha oído hablar alguna vez de este número, también referido frecuentemente como proporción.
Para los matemáticos no es más que una regla que aparece en la naturaleza y que establece cierta relación entre dos rectas, pero para quien está dispuesto a ir más allá –como, por otra parte, hicieron genios como Leonardo Da Vinci–, el número áureo adquiere categoría de mágico, repleto de un sentido que se nos escapa, aunque esté por todas partes.
¿Qué pretendían artistas de la talla de Leonardo Da Vinci con la aplicación,
en sus obras, del número áureo? ¿Era una mera técnica estética, o encerraba alguna especie de mensaje cifrado?

El primero que se percató de su existencia fue el griego Euclides, que lo definió y estableció su fórmula. Luego, el número sería retomado por los renacentistas, que aplicarían sus mágicas proporciones a sus obras.  
Durero, el ya mencionado Da Vinci, Miguel Ángel… Todos, casi de forma obsesiva, intentaron que aquella proporción estuviera representada en sus cuadros (como la Mona Lisa) o sus esculturas (el David de Miguel Ángel), ya fuera para procurarles una armonía natural y hacerlas más perfectas visualmente, o para otorgarles un sentido esotérico, convertirlas en portadoras de un mensaje oculto al profano, de comunicación directa con Dios…
También la arquitectura sucumbió al poder mágico de este número.
Ya fuera por casualidad –como dijimos, el número y la proporción áurea se encuentra en todas partes, allá donde miremos–, o por empeño místico de sus creadores, encontramos el rastro de esta cifra divina en obras y monumentos de todos los tiempos. Las pirámides de Egipto, las catedrales góticas, las más modernas construcciones de Eiffel, en París…
Y en España, claro.
De entre las más curiosas, la catedral de Jaén, famosa en los últimos tiempos por su presunta relación con la lápida de Arjona y la búsqueda de la Mesa de Salomón. Su arquitecto, Andrés de Valdevira, fue un iniciado, se supone, en el saber perdido de los templarios y, fuera de toda duda, erigió, en el centro mismo de la península, un templo renacentista de proporciones áureas, que muchos interpretan como un Templo de Salomón ibérico.
¿Quizá con la intención de que no desmereciera junto a la reliquia que albergaban sus subterráneos?

Sólo el conocimiento y desciframiento de esos códigos naturales (¿divinos?) nos permitirá acceder a esa verdad que, de momento, se nos escapa.

jueves, 21 de febrero de 2013

LAS MENINAS: EL MAYOR MISTERIO DEL PRADO




Aprovechando que Javier Sierra estrena estos días su “El maestro del Prado”, no parece estar de más hablar del protagonista absoluto de la pinacoteca madrileña, Diego Velázquez, y de una de sus pinturas más conocidas, Las Meninas.
Las Meninas: uno de los cuadros más geniales
y más misteriosos de la historia del arte

Se trata –no hay más que acercarse al Prado y contemplarla– de una de las mayores genialidades que el Hombre haya conseguido fabricar con pinceles. Representa una escena aparentemente cotidiana en palacio, durante el reinado de Felipe IV (que aparece en el cuadro, significativamente, detrás de todos, incluidos el propio pintor y otros criados, y reflejado en un espejo), pero su simbolismo va mucho más allá.
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Diversos expertos han puesto el acento, al referirse a Las Meninas, a supuestas coordenadas astronómicas que Velázquez podría haber utilizado al disponer a los personajes sobre el lienzo. Se habla de la constelación Corona Borealis, que puede dibujarse trazando líneas imaginarias entre los corazones o las cabezas de los protagonistas, y cuya estrella principal es Margarita Coronae, precisamente. Margarita como Margarita de Austria, figura central del cuadro.
La teoría viene reforzada por algunos estudios que aseguran que el pintor era aficionado a la astronomía. Su biblioteca, dice algún estudio, era rica y abundante en tratados científicos de diversa índole, entre los que destacaba la Suma Astrológica de Antonio Nájera. Se ha sabido, además, que el pintor poseía herramientas para poder ver las estrellas.
Otro aspecto enigmático de la obra es la utilización, para su composición, del número áureo, un elemento algebraico –utilizado antes que Velázquez por muchos pintores renacentistas–, con curiosas propiedades matemáticas.
Por último –y sólo para despertar la curiosidad de los amantes del misterio–, mencionar la copia de la obra que existe en Inglaterra, firmada por el propio Velázquez y de un tamaño más reducido que el original. Hay quien afirma que fue una copia para mostrar al rey antes de la ejecución del cuadro definitivo pero, teniendo en cuenta el simbolismo del cuadro, la enorme carga enigmática que esconde… ¿quién puede asegurar que el pintor quisiera reservarse para sí una parte del poder que pudiera tener su propia obra?
Que, por cierto, se salvó del incendio del antiguo Alcázar madrileño…


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