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martes, 20 de agosto de 2013

EL INCREÍBLE Y ENIGMÁTICO VIAJE DE RATA Y MAUI



En 1974, un investigador neozelandés de la Universidad de Harvard anunciaba un descubrimiento sin precedentes que ponía patas arriba alguno de los supuestos más consolidados de la hasta entonces Historia Oficial de América. Tras haber estudiado en profundidad una inscripción hallada en el s. XIX en una gruta de Tinguiririca (paraje de los Andes chilenos), concluía no sólo que aquella no era, como se había pensado hasta ese momento, una inscripción de algún pueblo del entorno, sino que quienes la habían hecho procedían de muy lejos, nada más y nada menos que de Egipto…
Pensar que los pueblos antiguos se limitaron a permanecer en tierra es limitar los horizontes,
subestimarnos a nosotros mismos, sus herederos...

Aquella inscripción sería una prueba más de hasta dónde había llegado en el pasado el poder de los faraones.
En concreto, de uno de los viajes más misteriosos de la Antigüedad, el llevado a cabo por el capitán Rata y el navegante Maui.
Hacia el año 232 a. C., el faraón Ptolomeo III pone al frente de una flota a estos dos marineros, con el objetivo de circunnavegar el globo y demostrar las teorías de Eratóstenes (el famoso científico, entonces también al frente de la biblioteca de Alejandría).
La flota habría partido del mar Rojo, habría cruzado el océano Índico y después el Pacífico y, a tenor de la inscripción, haber llegado a Chile y haberse adentrado en el interior del continente Sudamericano, reclamando aquellas tierras para su soberano.
A partir de ahí, las teorías se dividen en dos.
Para unos, la flota habría seguido después hacia el Atlántico. Prueba de ello sería la existencia de un islote conocido con el nombre de Rata frente a las costas de Brasil. Para otros, los navegantes egipcios habrían tomado una corriente oceánica que les habría llevado a Hawai.
Esta segunda es la teoría que más adeptos aglutina.
Entre ellos, Thor Heyerdahl, que valora la posibilidad de que la leyenda de Tiki –la de los dioses que llegaron del Oeste–, esté vinculada a este misterioso viaje, y otros, que consideran que el nombre Maui –el de una de las islas principales de Hawai–, corresponde al del mítico capitán.
Por lo demás, sobre inscripciones egipcias y fenicias en América hay todo un mundo de especulaciones.
Las habrá verdaderas; también falsas.
Pero, ¿quién se resiste a pensar que los grandes imperios del pasado –Mayas, Incas, Egipcios– no se conformaron con dominios en tierra firme, y se lanzaron a extender su poder también hacia el mar?

Hacerlo es limitar los horizontes, subestimar el coraje y arrojo de aquellos hombres y mujeres que, sabemos, fueron capaces de los más impresionantes prodigios.

viernes, 17 de mayo de 2013

LOS ABUELOS DE INDIANA JONES: (2) HIRAM BINGHAM



El descubridor para occidente de las ruinas de Macchu Picchu habría estado muy de acuerdo con la famosa frase de Indiana Jones “debería estar en un museo”. En las películas, Indiana Jones utilizaba esta frase para reprender la actitud de los villanos que pretendían quedarse para ellos solos ciertas reliquias, en lugar de cederlas al mundo para el disfrute de todos. En la realidad –y todo según las malas lenguas, que se entienda–, Bingham tomaba al pie de la letra esta máxima y arramplaba con todo tipo de objetos arqueológicos para llevarlos a los museos, eso sí, los de su propio país y no los de los lugares en los que los encontraba.
Su actitud le ha llevado a ser muy poco querido en Latinoamérica.

Hiram Bingham (1875-1956)

Perú le reclama el robo de 40.000 objetos, cifra muy apreciable, que incluiría no sólo objetos de diversas civilizaciones precolombinas, sino también momias y huesos.
Es el prototipo de aventurero, de los que florecieron a finales del s. XIX y principios del XX, que cosecharon fama y éxito en su época, pero que con el paso del tiempo y la mirada crítica están perdiendo fuelle.
Y es que uno estudia la historia del tercer mundo, y comprende que barbaridades como las que se atribuyen a este hombre (no de las peores) puedan ser ciertas.
Todavía hoy en día existe el expolio… ¿Qué no podría darse en una época en que no existía la radio y la televisión, y mucho menos Internet?
Pese a todo, al norteamericano Bingham (1875-1956) hay que reconocerle el mérito de haber difundido para el resto del mundo el tesoro que supone la ciudad perdida de los Incas. Fue en 1908, tras varios intentos. Cuando llegó allí, encontró a agricultores peruanos viviendo allí, ajenos quizá a la importancia secreta de su secreta morada.

Machu Picchu, sin duda, uno de los lugares más espectaculares de la Tierra.

Machu Picchu es un lugar imponente, huelga decirlo. Toda una maravilla que da testimonio de la grandeza del pueblo que lo levantó. Aquellas casas labradas sobre las cumbres de aquellas montañas, asomadas a esos enormes precipicios…
No lo hizo sólo, y es algo que debería repetirse más. En su caso, ocurre como con esos alpinistas del Himalaya que alcanzan imposibles cumbres rodeados de un halo de misterio y heroísmo… pero también de sherpas anónimos, cuyo papel real nunca se desvela.
La gloria del descubrimiento, en cualquier caso, fue para él, gracias en parte al libro –que automáticamente se convertiría en best seller– La ciudad 
perdida de los Incas, todo un clásico de la arqueología y la no ficción de aventuras.

(Ay, algún día habrá que arremangarse y ponerse a reescribir como Dios manda la Historia…)

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