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viernes, 26 de julio de 2013

NAPOLEÓN Y LA GRAN PIRÁMIDE



Estos dos elementos, por separado, dan mucho que hablar. Entre ellos puede organizarse una biblioteca entera, con cientos de libros que, directa o  indirectamente, hablan de ellos. Uno es uno de los personajes más relevantes de la historia Occidental. El otro, uno de los mayores misterios del mundo antiguo.
Fue en 1798 cuando se encontraron.
¿A qué se debía el enorme interés de Napoleón por los secretos del Antiguo Egipto?

(Para algunos, el encuentro fue algo más tarde, en 1799).
El caso es que Napoleón se encontraba en la tierra de los faraones, al frente del mayor y más glorioso ejército de su época. Había llegado allí para conquistar, como antes habían hecho Alejandro Magno o Julio César.
Como ellos, estaba fascinado por el monumento. ¿Quién no?, pensará quien haya estado allí, cuando en pleno siglo XXI, siglo de maravillas, el perfil triangular de esa enorme mole nos sigue seduciendo y evocando todo tipo de fantasías…
Napoleón, el general y posterior emperador, había oído decir que sus grandiosos predecesores habían pasado una noche en la cámara sepulcral de la Gran Pirámide. Él, consciente del papel que le tenía reservada la historia, sucumbió al encanto de las leyendas, y quiso probarlas inmediatamente.
Cuentan quienes saben de esto que el general salió a la mañana siguiente pálido y enormemente impresionado. Que no dijo nada de lo que había vivido, aunque era evidente que aquella noche no había sido fácil…
¿Pudo tener algo que ver aquella especie de iniciación con lo que vendría después?
Los más escépticos dirán que no, claro, ajenos a estos recovecos mágicos de la historia. Pero quienes sí creen, quienes se mantienen al acecho del misterio, podrán comprobar, analizando los hechos posteriores de la vida del general, cómo se dieron, en numerosas ocasiones, acciones fortuitas, o inexplicables, en las que una oscura razón se nos escapa…
¿No es verdad que, contra toda lógica revolucionaria, el general llegó a coronarse emperador? ¿No es más cierto que, en lo más oscuro de su carrera, recluido en la isla de Elba y cuando todos le daban por acabado, logró regresar y comandar de nuevo a sus fieles hacia la batalla?
Lo que sí parece claro es que su campaña en Egipto fue llevada a cabo siguiendo intereses más allá de lo estratégico y lo militar.

Lo demás, los detalles, los comparten nada más que el general, en su tumba, y la Gran Pirámide en el silencio de sus piedras…

miércoles, 26 de junio de 2013

LOS ABUELOS DE INDIANA JONES: (3) SCHLIEMANN Y EL SUEÑO DE TROYA



Dice C.W. Ceram en su maravilloso libro Dioses, tumbas y sabios, que muchos de los grandes descubrimientos en la Arqueología han sido llevados a cabo por simples aficionados, eso sí, que contaron, además de con una enorme suerte, con una pasión desmedida por lo que hacían.
El caso del alemán Heinrich Schliemann (1822-1890) no puede ser más paradigmático.
Heinrich Schliemann, ejemplo paradigmático del arqueólogo aficionado que revoluciona,
con sus descubrimientos, el mundo académico.

El conocido para la posteridad como descubridor de Troya comenzó su vida como simple empleado en una tienda de ultramarinos. La fortuna haría que con el tiempo fuera amasando una fortuna –en parte gracias a su facilidad para aprender idiomas–, pero lo cierto es que no iría a la universidad hasta mucho más tarde, ya adulto.
Harto de comerciar y acumular billetes, a los 43 decide dedicarse a la vida contemplativa. Viaja por todo el mundo –ahora por placer–, y retoma su pasión de niño por la Antigua Grecia y los poemas de Homero. Aunque la ciencia de su tiempo se empeña en que todo lo que narra este poeta son sólo ficciones, fantasías sin base real histórica, Schliemann está decidido a excavar medio mundo para demostrar todo lo contrario.
El empeño dará sus frutos, y en 1870 encuentra, en un rincón de Asia Menor, la mítica Troya. Todavía habrá algún que otro académico que le discuta el hallazgo. Pero el persiste, revuelve la tierra en busca de sueños.
Durante el resto de su vida dedicará todos sus esfuerzos y medios a la Arqueología. Centrado en Grecia, el pasado que le apasiona, sus hallazgos se irán multiplicando, aunque no siempre feche lo que encuentra con exactitud.
Se ayudará muchas veces en obras de ficción, quizá el elemento más característico de sus investigaciones.
Todo un ejemplo de soñador. De pasión desmedida que se materializa y da resultados.

Cuánto que aprender de él, no sólo en Arqueología, sino en la vida, con los tiempos que corren

jueves, 13 de junio de 2013

EL ENIGMA DEL NÚMERO ÁUREO



Todo buen aficionado al misterio y a los enigmas de la historia ha oído hablar alguna vez de este número, también referido frecuentemente como proporción.
Para los matemáticos no es más que una regla que aparece en la naturaleza y que establece cierta relación entre dos rectas, pero para quien está dispuesto a ir más allá –como, por otra parte, hicieron genios como Leonardo Da Vinci–, el número áureo adquiere categoría de mágico, repleto de un sentido que se nos escapa, aunque esté por todas partes.
¿Qué pretendían artistas de la talla de Leonardo Da Vinci con la aplicación,
en sus obras, del número áureo? ¿Era una mera técnica estética, o encerraba alguna especie de mensaje cifrado?

El primero que se percató de su existencia fue el griego Euclides, que lo definió y estableció su fórmula. Luego, el número sería retomado por los renacentistas, que aplicarían sus mágicas proporciones a sus obras.  
Durero, el ya mencionado Da Vinci, Miguel Ángel… Todos, casi de forma obsesiva, intentaron que aquella proporción estuviera representada en sus cuadros (como la Mona Lisa) o sus esculturas (el David de Miguel Ángel), ya fuera para procurarles una armonía natural y hacerlas más perfectas visualmente, o para otorgarles un sentido esotérico, convertirlas en portadoras de un mensaje oculto al profano, de comunicación directa con Dios…
También la arquitectura sucumbió al poder mágico de este número.
Ya fuera por casualidad –como dijimos, el número y la proporción áurea se encuentra en todas partes, allá donde miremos–, o por empeño místico de sus creadores, encontramos el rastro de esta cifra divina en obras y monumentos de todos los tiempos. Las pirámides de Egipto, las catedrales góticas, las más modernas construcciones de Eiffel, en París…
Y en España, claro.
De entre las más curiosas, la catedral de Jaén, famosa en los últimos tiempos por su presunta relación con la lápida de Arjona y la búsqueda de la Mesa de Salomón. Su arquitecto, Andrés de Valdevira, fue un iniciado, se supone, en el saber perdido de los templarios y, fuera de toda duda, erigió, en el centro mismo de la península, un templo renacentista de proporciones áureas, que muchos interpretan como un Templo de Salomón ibérico.
¿Quizá con la intención de que no desmereciera junto a la reliquia que albergaban sus subterráneos?

Sólo el conocimiento y desciframiento de esos códigos naturales (¿divinos?) nos permitirá acceder a esa verdad que, de momento, se nos escapa.

lunes, 3 de junio de 2013

EL MISTERIO DE LA ESFINGE Y LOS ATLANTES DEL MAR EGEO



Fue un vidente el primero en poner en cuestión las cifras que daban los científicos.
Hasta que Edgar Cayce (1877-1945) hizo públicas sus alucinaciones, sus sueños o lo que quisiera que fuera aquello que le ocurría al entrar en trance, todos pensaban que la esfinge era un monumento contemporáneo a las pirámides de Guiza.
La esfinge aguarda, sigilosa y majestuosa, la resolución de sus enigmas...

Todavía hoy se habla de unos veintiséis siglos antes de Cristo como fecha oficial, una tontería al lado de los 12.500 años que tendría según las afirmaciones del vidente norteamericano.
Hoy, el paso de las décadas y la curiosidad despertada por este iluminado en investigadores de todo el mundo ha hecho que existan cientos de estudios y datos que hacen tambalearse los presupuestos “oficiales”.
Para algunos sólo es cuestión de observar a la esfinge.
Ver su superficie erosionada por una lluvia poderosa que rara vez cae en el desierto en la actualidad, pero que sí se daba en la zona muchos siglos atrás, cuando el desierto todavía no había alcanzado el territorio de los faraones.
Para otros, las estrellas, su posición en el momento en que la esfinge fue proyectada, dice mucho en favor de Cayce.
El caso es que todavía no ha sido encontrada la cámara que él situó bajo el monumento, y que contendría pruebas incuestionables sobre la civilización que en el pasado lo erigió. (Algunos dicen que sí ha sido descubierta, pero que las autoridades la ocultan quién sabe a cuenta de qué oscuros intereses…)
¿Es la esfinge una prueba evidente de alguna civilización perdida en el remoto origen de los tiempos?
Para algunos, como Graham Hancock, habría que mirar algo más al norte, en el mar Egeo, y en los restos de la enigmática civilización que habitó Creta.

Allí podría haber una respuesta al silencio que guarda, imperturbable, la careta rígida de la misteriosa esfinge…

viernes, 26 de abril de 2013

LOS NAVEGANTES FENICIOS, COLÓN, Y LA GRAN MENTIRA DEL “MARE TENEBROSUM”




Los fenicios son uno de los pueblos más misteriosos del pasado. Sobre todo teniendo en cuenta la importancia que tuvieron en la Antigüedad.
Al igual que los griegos, o posteriormente los romanos, mantuvieron un imperio comercial que abarcaba todo el Mediterráneo. Al contrario que aquellos, sin embargo, su influencia cultural parece más bien escasa. Y es que, como buen pueblo comercial que eran, asimilaban enseguida los usos y costumbres de los pueblos colonizados o con quienes mantenían relaciones, y al final, la idea que parece haber de ellos, de su cultura, es la de un pueblo de mezclas, fruto del esfuerzo del intercambio.
Los fenicios, uno de los pueblos más importantes, pero también más desconocidos,
de la Antigüedad

Se sabe muy poco de su origen. La idea más aceptada es que podían proceder de la zona actualmente ocupada por el Líbano. Desde allí, con sus barcos, se habrían lanzado a la aventura del comercio.
Tradicionalmente se ha pensado que se limitaban al Mediterráneo. Es lo lógico, teniendo en cuenta el miedo que ha habido siempre, desde la Antigüedad, al conocido como Mare Tenebrosum, la enorme extensión de agua más allá de las Columnas de Hércules o el Estrecho de Gibraltar.
Sin embargo, en los últimos tiempos se está viniendo abajo esta teoría, gracias, en parte, a nuevos hallazgos arqueológicos, pero también gracias a teorías que venían circulando desde antiguo.
Se sabe que los fenicios estuvieron en Canarias. Se han encontrado restos de alfarería fenicia en Madeira. Se conoce que existió una factoría de este pueblo en China, nada más y nada menos que a 7.500 kilómetros de distancia de Tiro y Sidón, principales puertos comerciales de este enigmático pueblo.
Los fenicios, por tanto, se adentraban más allá del Estrecho. Consiguieron rodear África mucho antes de que pudieran hacerlo, en el s. XV, barcos portugueses. Es de imaginar que pudieran haber conocido la corriente del Atlántico, la misma que utilizó Colón para llegar a América.
La pregunta inevitable es: ¿pudieron los fenicios haber llegado al Nuevo Continente antes que Colón?
Según muchos estudiosos, la respuesta es que sí. Y se confirma con la aparición, poco a poco, de restos arqueológicos de talla fenicia. Algunos falsos, eso sí, producto de investigadores más ávidos de gloria que de conocimiento; otros, todavía en estudio.
¿Conocía Colón antes de partir en busca de las Indias el secreto tan bien
guardado por los fenicios? 

Todavía está por llegar la prueba definitiva. Mientras tanto, como siempre, podemos dejarnos llevar por arrebatos de inspiración. José León Cano, en su magnífico El vuelo de la serpiente, parece tenerlo bastante claro: la idea de Mare Tenebrosum fue un invento de los fenicios. Con ella, con la propagación del bulo de que más allá de las Columnas aguardaban al marinero todo tipo de peligros, aquel pueblo quiso preservar un secreto. Una exclusiva comercial, si se quiere.
En tal caso, la pregunta inevitable es por qué Colón fue capaz de acabar con el mito. ¿Tenía el también información privilegiada?
Algún día, no demasiado lejano, llegará a conocerse. Algunos ya lo intuimos… 

martes, 26 de marzo de 2013

LA MÁQUINA DE ANTICITERA




Hablar del pasado remoto de la humanidad equivale, la mayoría de las veces, a desconocimiento. Sólo suelen perdurar las grandes obras, los edificios gigantescos, y casi siempre en ruinas. Para saber qué ocurrió hay que hacer un enorme ejercicio de imaginación, apoyándose en escritos que hayan perdurado, objetos enterrados y ocultos que no siempre están completos.
De la Grecia clásica tenemos bastante, pero no suficiente. Sabemos que quienes vivieron aquella época eran gente lista, cuyo pensamiento fundamenta el de toda nuestra cultura occidental. De ellos cabe esperarse cualquier cosa. Cualquier cosa, menos que fueran capaces de fabricar un ordenador.
La apariencia del mecanismo de Anticitera sugiere un diseño moderno, y no un antiguo aparato
fabricado por griegos o por romanos.

Cuando a principios del s. XX se halló en el lecho marino que separa las islas de Citera y Creta el objeto más tarde conocido como mecanismo de Anticitera, sus descubridores no podían salir de su asombro. Entre los restos de un naufragio que incluía hermosísimas estatuas de bronce y gran cantidad de cerámicas, aparecía un objeto extraño de metal, de diseño algo complejo, que enseguida hacía pensar en otra época más reciente. Era imposible que aquello estuviera allí, y sin embargo, estaba.
Según quienes han investigado el mecanismo –incompleto, por otra parte–, podría haberse tratado de un sistema para predecir movimientos estelares y planetarios. Una especie de aparato para hacer cálculos astronómicos. Se habla de astrología, pero también –y esto es una conclusión muy reciente–, de un aparato para calcular cuándo había que celebrar los juegos olímpicos, un evento que tenía lugar durante la primera luna llena más próxima al solsticio de verano de cada cuatro años. También de que quizá hubiera podido formar parte de un gran reloj de agua situado en Atenas, construido según un diseño de Arquímedes.
Todo son especulaciones, pues, como decimos, el aparato encontrado está incompleto. El misterio sigue ahí, y abre los ojos a quien se niega a ir más allá, en cuanto al pasado, sobre qué fueron capaces de hacer nuestros ancestros. Los nuestros, y los de otras partes del mundo. ¿Qué puede haber por ahí enterrado? ¿Qué ocultan las ruinas, los lechos marinos testigos de miles de naufragios? ¿Y América? ¿Qué queda por desentrañar del pasado americano?
Más que rendirnos, la perspectiva de nuevas máquinas de Anticitera nos hace sentir ganas de frotarnos las manos…

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