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miércoles, 20 de julio de 2016

LECTURAS IMPRESCINDIBLES (II): PARA ENTENDER A LOS EXTRATERRESTRES , de Wiktor Stoczkowski

por Marcus Polvoranca

Un verdadero fan del misterio tiene, casi por obligación, que ser escéptico. No un escéptico, de los pertenecientes a esa extraña corriente de renegados que gritan, se desesperan y pierden más tiempo en combatir a los que ellos consideran «embaucadores» que a cultivar esa ciencia a la que tanto dicen venerar, sino escéptico, es decir, alguien que simplemente exigen un mínimo de pruebas para aceptar una afirmación como válida o inasumible.



Es algo inevitable, como forma de no convertirse uno en un simple creyente, capaz de tragarse cualquiera de las cosas ‒en ocasiones aberrantes, o directamente risibles‒ que aparecen a diario por Internet, y sí, en cambio, disfrutar (que para eso, y no para otra cosa, estamos aquí) de la inigualable delicia que supone el rastrear, explorar o investigar en el terreno fértil y verdaderamente enriquecedor de lo insólito, mucho mayor de lo que a muchos ‒esos «escépticos», precisamente‒ les gustaría admitir.
Es ahí, en esta noble premisa de ser escéptico sin caer en ningún tipo

lunes, 7 de abril de 2014

JOHN DEE, EL RENACENTISTA MALDITO



Se dice de John Dee que fue una de las figuras más enigmáticas del Renacimiento. Hay que decir también que ha sido y es una de las más populares en el género gótico, que se cultiva en literatura desde finales del s. XVIII hasta nuestros días.
John Dee (1527-1608?)

Dee ha inspirado a autores tan importantes como Gustav Meyrink (el autor de El Golem), Peter Ackroyd, o, más recientemente, Alan Moore.
Pero, ¿qué es lo que hace a este personaje tan atractivo para los amantes de lo oculto y lo desconocido?
Para empezar, su amplio espectro de intereses. Si bien es cierto que la suya era una época de fronteras no establecidas en materia de saber (no había llegado la Ilustración con sus tijeras de podar), sí es cierto que, en su caso, estos intereses, digamos, heterodoxos, iban más allá de lo habitual.
Su fama de erudito iba pareja a la de mago.
Su biblioteca (que fue saqueada, se dice que por la plebe, durante un misterioso y mal justificado viaje a Bohemia) acogía obras de todo el saber de la época: matemáticas, astronomía, geografía, derecho, teología; así como espiritismo, alquimia, astrología y otras ciencias igual de exóticas.
Recibió ofertas de todos los grandes mandatarios de su época, pero eligió quedarse en su tierra, Inglaterra, y trabajar para la reina Isabel.


Algunos de los enigmáticos objetos que pertenecieron a John Dee
se encuentran hoy expuestos en el Museo Británico.

Hacia el final de su vida, descontento con el reconocimiento que recibía y con sus propios progresos en el conocimiento del mundo (él, como muchos otros, veía más allá, quién sabe qué), decidió volcarse sobre los saberes ocultos.
Dicen que hablaba con los ángeles.
Y que su finalidad era conocer el lenguaje universal de la creación, como una forma, quizá, de regreso a la Edad de Oro.
También se habla de algunos objetos de poder que manejó en vida, entre los que se encuentran un espejo de obsidiana azteca, y un globo de cristal con el que podría haber practicado alguna especie de adivinación (ambos pueden contemplarse hoy en día en el British Museum de Londres, en Reino Unido), además del archiconocido y enigmático manuscrito Voynich, que se dice que le pudo haber pertenecido.
Un personaje, en definitiva, digno de su leyenda. Misterioso y desafiante, y quizá por eso (como tantos otros que buscan incansablemente la verdad) olvidado y sólo parcialmente reconocido por el oficialismo

lunes, 4 de noviembre de 2013

SOBRE LOS ENIGMAS EN TORNO A LINCOLN



Abraham Lincoln murió en 1865, durante una representación teatral. Su asesino, un actor simpatizante del Sur, burlaba la presumiblemente férrea seguridad del presidente, y le descerrajaba un tiro en la cabeza que a las pocas horas acabaría con su vida.
Abraham Lincoln (1809-1856)

Era éste, sin duda, un final digno de una figura enigmática, llena a partes iguales de grandezas, miserias, y preguntas todavía hoy sin resolver.
Existe un Lincoln héroe de los antiesclavistas; un Lincoln cuyo fantasma se pasea aún hoy por la Casa Blanca. Un Lincoln que pudo haber sido homosexual; un Lincoln espiritista que vivió la Guerra de Secesión entre apariciones y visiones premonitorias, y en la ficción, la maravillosa y grotesca ficción de algunos locos, hay incluso un Lincoln cazavampiros, que eleva el mito hasta situarlo –con algunas reservas que irá despejando el tiempo– a la altura del Cid, de Robin Hood y otros héroes populares cicatrizados en superhéroes.
Todos hemos oído hablar de las coincidencias de datos con Kennedy, el otro mártir de la democracia americana. Aunque sorprendentes, no dejan de ser un juego para creyentes. Fechas, edades, números, circunstancias diversas… A veces parecen más una maniobra de despiste que otra cosa. Un intento del conspirador por alejar las pistas que conducen a él y situar al culpable en el territorio etéreo y confuso de lo sobrenatural.
Pero la verdad es mucho menos compleja, o al menos mucho menos fantástica. Es una verdad del aquí y el ahora, que se resuelve mirando a nuestro alrededor y tratando de comprender los mecanismos que rigen los grandes asuntos.
Detrás del asesino de Lincoln, como detrás del de Kennedy, hay poderes oscuros que van más allá de los pobres diablos que presuntamente apretaron el gatillo.
Hay ese poder en la sombra del que hablan algunos libros.
Hay esas sociedades secretas que tan alegremente se caricaturizan en libros de gran éxito, que son –o eso nos parece– como los anuncios de ciertas cadenas comerciales, que utilizan el dinero gastado en publicidad como moneda de cambio para no aparecer en los espacios destinados a noticias, donde su imagen, de contarse allí la verdad del día a día, podría verse gravemente perjudicada…
La verdadera y única coincidencia entre Lincoln y Kennedy son esas balas que atravesaron sus cabezas. Balas destinadas –parece claro y evidente– a evitar que esas cabezas pensaran por sí mismas.

Un aviso para navegantes.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

PELÍCULAS IMPRESCINDIBLES (3): POLTERGEIST



¿Existen verdaderamente los fantasmas?
La ciencia no ha podido certificarlo aún, aunque generaciones de humanos relatando miles, millones de experiencias, no deberían equivocarse.
¿Existen verdaderamente los fantasmas?

Spielberg (y la industria de Hollywood), si algo saben hacer, es tocar la fibra del público, lo más recóndito del alma, de lo primigenio que llevamos dentro, para sacarse un dineral.
Poltergeist (1982) es un claro ejemplo.
Es esta una de esas películas que sobreviven a su estreno. Un mito, un ejemplo canónico que se repetirá muchas veces después.
¿Quién no ha oído hablar de los problemas con espectros que tuvieron sus creadores durante el rodaje? ¿Quién no ha escuchado relatos sobre lo que padecieron quienes trabajaron en ella? Muertes, enfermedades, contratiempos… Realidad o ficción (en opinión de muchos, leyendas urbanas o pura propaganda), hay que reconocer que funciona.
Es una buena historia, ante todo, que hay que saber apreciar en su contexto.
Las frases de la niña (una suerte de niña de los ojos rojos reconvertida), la leyenda del cementerio indio, los efectos especiales, aquella terrorífica televisión en gris, haciéndonos temblar, son parte del imaginario colectivo. Aunque la hayamos visto mil veces, sigue sin dejarnos indiferente. Quienes crecimos con ella, tenemos difícil entrar a una nueva casa sin pensar qué puede haber todavía en ella de indeseable, de residuos paranormales…
Hay que verla, claro, y pensar. Pensar que el infinito de esta realidad nuestra no sólo se extiende hacia fuera, hacia las estrellas, sino que también penetra hacia dentro, y nuestra mente (quizá lo más enigmático de todo lo que somos) encierra también galaxias, universos, que desconocemos.

Los fantasmas podrían ser una invención suya, por qué no. Pero también otra cosa que, desde luego, sea cual sea su naturaleza, no controlamos…

viernes, 30 de agosto de 2013

EL INMORTAL CONDE DE SAINT GERMAIN



Todos le conocieron, pero ninguno supo nunca quién era. Quizá siga entre nosotros.
Apareció un día a mediados del s. XVIII, en la corte del rey Luis XV, y enseguida se hizo popular a todos los niveles. Sus enormes dotes para todo le hicieron convertirse en diplomático, y la leyenda le sitúa en todas las conspiraciones del momento.
¿Quién fue realmente el célebre conde de Saint Germain?

Dicen que hablaba decenas de lenguas, que tocaba el violín como un virtuoso, que pintaba de maravilla, y seducía a las mujeres mucho mejor…
Al parecer, era inmortal.
Y había estado en las bodas de Canaán, las de la Biblia, mano a mano con Jesucristo. Luego, en la revolución francesa. Su última aparición pública data de 1972, cuando pudo ser visto en la televisión francesa convirtiendo en oro una pieza de plomo…
Pero, ¿quién era realmente?
Para ser sinceros, debemos decir que no lo sabemos.
Una leyenda, una leyenda nada más.
Pudo ser un farsante o un genio; un fenómeno inexplicable de ésos que tanto nos gustan.
Un prodigio de la magia, de la alquimia, de lo desconocido.
Un producto-reacción al siglo de las luces, el s. XVIII, donde la razón comenzaba a luchar a brazo partido contra las antiguas supersticiones, las pseudociencias, las religiones...
Allí, en medio de los enciclopedistas, de los revolucionarios, de los quema iglesias y guillotina-cabezas jacobinos, un tipo aparece como un nuevo mesías, eterno y supernatural.
Que es capaz de adivinar el futuro, recordar con todo detalle el pasado, curar males de salud; y despertar todo el interés que un ser único y original puede suscitar. 
Es antecesor, por tanto, de mitos como el de Drácula y otros seres oscuros y elegantes.
Un dandy, un reivindicador del hombre genuino frente a la masa informe y estúpida. 
Un embaucador, seguramente, como todos los que, después, se lo intentaron agenciar.
(Existe una fotografía, de años después de su muerte, en la que supuestamente aparece junto a la Blavatsky, otra del mismo cordel).
En definitiva, podemos considerar al conde de Saint Germain como un superhéroe de una época precisa, que requería, más que fuerza y otros superpoderes, la más simple y llana ventaja de demostrar que el hombre era más que la miserable existencia de un cuerpo
Un ente inmortal que no muere jamás...




miércoles, 31 de octubre de 2012

ARTHUR CONAN DOYLE, ESPIRITISTA




El siglo XIX era la época. El mundo occidental estaba iniciándose en la era de los avances tecnológicos, y estaba muy en boga el surgimiento de nuevas disciplinas de conocimiento que adoptaban el modelo científico. La ciencia, además, había comenzado a cuestionar de verdad, con sus descubrimientos, los postulados de las religiones, y había un hueco que cubrir respecto a los grandes interrogantes de la existencia.
Arthur Conan Doyle dedicó parte de su vida a divulgar y promover el Espiritismo.

Doyle, médico de formación y profesión (aunque no muy militante), sintió, tras la muerte de uno de sus hijos, la necesidad de comunicarse con el más allá. El espiritismo, por aquel tiempo muy popular en Europa, estaba ahí para ayudarle. El agradecimiento haría, después, que dedicara su vida y su talento a la divulgación y defensa de estos nuevos conocimientos.
Durante los últimos años de su vida, el creador del inmortal Sherlock Holmes vivió volcado en la disciplina. Ofreció multitud de conferencias, escribió tratados, y actuó como un auténtico converso convencido.
Creía en el Espiritismo como en una religión. Testigo de ello son sus obras “El país de las brumas” o “La nueva revelación”, donde aborda el asunto con seriedad y vehemencia.
Como en el Drácula de Bram Stoker, y más concretamente en las figuras de Van Helsing y del doctor Sewald, hay en Doyle un esfuerzo por creer en el más allá, frente al materialismo imperante del mundo que le rodea, ávido de tecnología y razón. Es, en palabras de Antonio Ballesteros Gonzalez, prologuista de “El país de las brumas”, (editado en España por Jaguar),  una especie de grito o protesta “contra el exceso de escepticismo y materialismo que predomina en la época”.
Se dice en este mismo prólogo que Doyle había rechazado en su juventud lo esotérico. Que se había mostrado combativo contra todo eso que muchos tachan de supersticiones.
Parece claro que, como en muchos de nosotros, existía en el genial escritor una lucha interior a muerte entre dos caras de la misma moneda, razón e imaginación, que se habrían materializado, en su caso, en la creación de dos personajes, en principio, antagonistas: el Profesor Challenger y Sherlock Holmes.
De momento, la batalla de la inmortalidad la lleva ganada Sherlock Holmes. Pero la eternidad es muy larga, y no debemos descartar que aquella última creación, Challenger, pueda ganarle la partida al de Baker Street.

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