viernes, 12 de febrero de 2016

EL MISTERIO DE DIGHTON ROCK



Volvemos a Nueva Inglaterra, esa región del nordeste de Estados Unidos donde hacía unas semanas nos deteníamos en el conocido como Stonehenge americano, en New Hampshire, para visitar otro misterio relacionado con rocas antiguas, inscripciones ininteligibles, y el siempre controvertido enigma sobre los orígenes de América.

La roca de Dighton en su emplazamiento original.

Se trata de Dighton Rock, una roca de origen glacial y 40 toneladas de peso que fue localizada en el río Tauton, en Massachussets, hacia el s. XVII, y que presenta unas extrañísimas inscripciones que aún hoy no han podido ser descifradas. Para unos, se trata de una obra realizada por nativos americanos de la zona; para otros, el origen se halla en pueblos que llegaron a América antes que Colón, como fenicios, vikingos o navegantes del este de Asia.
Edmund Burke Delabarre –el investigador, probablemente, que más tiempo dedicó a descifrar el misterio de la roca–, afirmó en un estudio publicado en 1912 que la autoría de los petroglifos había que atribuírsela a un portugués, el explorador Miguel Corte Real, que la habría llevado a cabo en 1511. Esta teoría, muy desacreditada en la actualidad, contó en su momento con importantes apoyos dentro del mundo académico; parece ser, según la interpretación de Delabarre, que en las inscripciones podían verse claramente varias cruces de las llamadas «de Cristo», el escudo del reino de Portugal, y letras sueltas del alfabeto latino que inducían a leer el nombre del




explorador portugués.

¿Qué significado tienen los extraños símbolos tallados en la roca? ¿A qué responden
las figuras antropomorfas, la apariencia occidental de algunos de los símbolos, tan parecidos a letras?

Como sea, el misterio sigue sin estar resuelto y aún hoy permanece la incógnita sobre quién o quienes elaboraron los enigmáticos petroglifos. La teoría más reciente es la china, defendida por el autor del libro 1421, el año en que China descubrió América, Gavin Menzies, aunque también hay investigaciones y estudios serios que reabren la hipótesis sobre un origen nativo americano.

En los petroglifos, que ahora pueden ser contemplados no en su emplazamiento original –del que fueron trasladados a causa de unas obras–, sino en un museo situado en las proximidades, aparecen amagos de letras, de símbolos, y lo que a un servidor, a quien escribe estas líneas, le resulta lo más inquietante de todo: esas figuras antropomorfas que parecen sonreír al que las observa; tan misteriosas, tan enigmáticas, como esas otras a las que parecen remitir de forma automática, y que han sido descubiertas en yacimientos similares de otras partes del mundo, como Tassili, en Argelia, o Kakadu, en Australia. ¿Se trata, como entiendo perfectamente, de una simple asociación caprichosa, producto de mi agitada imaginación, o realmente podría establecerse algo más, algún tipo de conexión entre culturas antiquísimas, e igual de enigmáticas, alejadas entre sí por miles de kilómetros?
He ahí una de las muchísimas preguntas que, ante la falta efectiva de respuestas, plantea este maravilloso enigma del pasado de ese, a su vez, maravilloso continente que es América...

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