lunes, 4 de noviembre de 2013

SOBRE LOS ENIGMAS EN TORNO A LINCOLN



Abraham Lincoln murió en 1865, durante una representación teatral. Su asesino, un actor simpatizante del Sur, burlaba la presumiblemente férrea seguridad del presidente, y le descerrajaba un tiro en la cabeza que a las pocas horas acabaría con su vida.
Abraham Lincoln (1809-1856)

Era éste, sin duda, un final digno de una figura enigmática, llena a partes iguales de grandezas, miserias, y preguntas todavía hoy sin resolver.
Existe un Lincoln héroe de los antiesclavistas; un Lincoln cuyo fantasma se pasea aún hoy por la Casa Blanca. Un Lincoln que pudo haber sido homosexual; un Lincoln espiritista que vivió la Guerra de Secesión entre apariciones y visiones premonitorias, y en la ficción, la maravillosa y grotesca ficción de algunos locos, hay incluso un Lincoln cazavampiros, que eleva el mito hasta situarlo –con algunas reservas que irá despejando el tiempo– a la altura del Cid, de Robin Hood y otros héroes populares cicatrizados en superhéroes.
Todos hemos oído hablar de las coincidencias de datos con Kennedy, el otro mártir de la democracia americana. Aunque sorprendentes, no dejan de ser un juego para creyentes. Fechas, edades, números, circunstancias diversas… A veces parecen más una maniobra de despiste que otra cosa. Un intento del conspirador por alejar las pistas que conducen a él y situar al culpable en el territorio etéreo y confuso de lo sobrenatural.
Pero la verdad es mucho menos compleja, o al menos mucho menos fantástica. Es una verdad del aquí y el ahora, que se resuelve mirando a nuestro alrededor y tratando de comprender los mecanismos que rigen los grandes asuntos.
Detrás del asesino de Lincoln, como detrás del de Kennedy, hay poderes oscuros que van más allá de los pobres diablos que presuntamente apretaron el gatillo.
Hay ese poder en la sombra del que hablan algunos libros.
Hay esas sociedades secretas que tan alegremente se caricaturizan en libros de gran éxito, que son –o eso nos parece– como los anuncios de ciertas cadenas comerciales, que utilizan el dinero gastado en publicidad como moneda de cambio para no aparecer en los espacios destinados a noticias, donde su imagen, de contarse allí la verdad del día a día, podría verse gravemente perjudicada…
La verdadera y única coincidencia entre Lincoln y Kennedy son esas balas que atravesaron sus cabezas. Balas destinadas –parece claro y evidente– a evitar que esas cabezas pensaran por sí mismas.

Un aviso para navegantes.

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