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viernes, 7 de noviembre de 2014

EL PADRE VENTURA Y LA GRAN PIRÁMIDE INVERTIDA DE TOLEDO



La primera vez que oí hablar del padre Ventura fue leyendo un libro de Juan Eslava Galán [1] sobre los templarios y otros enigmas medievales. En el apartado sobre la cueva de Hércules, el mítico lugar subterráneo de la ciudad de Toledo donde se dice que permanecen escondidos tesoros míticos como el Grial, o la Mesa de Salomón, se hacía referencia a un “excéntrico sacerdote toledano” que, en 1929, había bajado a la cueva para tratar de demostrar que el lugar, “en su origen”, había sido nada más ni nada menos que “un templo asirio-fenicio”.
Aquello fue suficiente como para llamar mi atención. Enseguida me vino a la mente la historia sobre el sacerdote de Rennes-le-Château y quise saber más. Resultó que el de Toledo había sido bastante popular en su tiempo, que había publicado numerosos libros de todo tipo y que había mantenido sonadas polémicas con sus contemporáneos, centradas en su mayoría en sus controvertidas teorías sobre la ciudad imperial y su historia. Afirmaba, por ejemplo, que Cristóbal Colón había nacido en aquella ciudad. O que había logrado, gracias a sus investigaciones, identificar la casa en la que había vivido Cervantes. También dijo haber localizado las basílicas en las que había tenido lugar, en tiempos de los visigodos, un famoso concilio, y haber podido averiguar, por fin, los nombres y apellidos de todos y cada uno de los personajes que aparecen en el famoso y enigmático lienzo de El Greco, “El entierro del conde de Orgaz”.
Ventura F. López, que así se llamaba –aunque solía utilizar varios seudónimos en sus escritos, tan sonoros como Venzel Prouta– había logrado encandilarme. Sentí enseguida la necesidad de revivirle, como un personaje de novela al que poco había que añadir al hilo de lo que habían dicho de él quienes le habían conocido, y de lo que reflejaba su propia obra. Lo imaginé como un Indiana Jones a la española, con ese algo de Quijote tragicómico en lucha contra una realidad algo tosca, y aburrida, que él llena de encanto, fantasía y leyenda, ayudándose de los recursos que ofrecía, y sigue ofreciendo, una ciudad como Toledo.
Creo que el resultado es bastante digno, y a mí, por lo menos, me ha divertido mucho el proceso. He querido reflejar en la novela ese ambiente mágico que la ciudad genera en las noches frías de invierno, con las callejas solitarias y silenciosas cubiertas de niebla, dejándome llevar por ese carácter que creo que pone en común la personalidad del padre Ventura con la de la mayoría de los aficionados al misterio, y que no es otro que el afán por conocer la verdad atravesando siempre el camino más angosto y difícil, haciendo de él un fin en sí mismo.
¿Qué les parece? ¿Les apetece la propuesta? Pues entonces, adelante, pero eso sí: tengan en cuenta que muchas veces son los locos los únicos que tienen razón, y que no es un buen proceder dejarse llevar por las apariencias...


por Marcus Polvoranca



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 [1] Eslava Galán, Juan, Los templarios y otros enigmas medievales, Editorial Planeta 2004

martes, 5 de marzo de 2013

LOS DOCE APÓSTOLES Y LA MESA DE SALOMÓN




Cuenta la leyenda que existía en España, a principios del s. XX, una orden hermética de aficionados al esoterismo que se había empeñado en encontrar la Mesa de Salomón. Se hacían llamar Los Doce Apóstoles, y estaban liderados por un personaje algo excéntrico, llamado Fernando Ruano Prieto, que era además barón de Velasco.

¿Es posible que líneas como éstas, pura geometría abstracta, puedan revelar el verdadero nombre de Dios?

El tal barón pertenecía a una familia muy rica y conocida de Arjona (Jaén), ciudad en la que vivía y en la que llegó a construirse un palacio lleno de lujos y excesos decadentes, oriental y barroco, que incluía una cripta rica en mármoles y mosaicos bizantinos que quedaría después parcialmente destruida al inicio de la Guerra Civil.
Por lo que se dice, la orden, de estilo neotemplario, tenía conexiones con logias de toda Europa. Estaba formada por jóvenes ricos y ociosos que se divertían jugando a ser magos. Les gustaba la cábala, las leyendas bíblicas, y creían a pies juntillas las crónicas árabes que situaban la Mesa de Salomón en la Península Ibérica. En concreto, en algún punto de Jaén, a donde habría ido a parar tras un periplo algo agitado entre la Roma saqueada por los godos y Toledo, desde donde habría salido, junto a otras riquezas de oro y piedras preciosas, con la invasión árabe.

Según se afirma, la orden liderada por el barón de Velasco podría haber encontrado la Mesa, y haber elaborado después, inspirándose en ella, una serie de lápidas con figuras geométricas que contendrían de alguna forma el Shem Shemaforash, esto es, el nombre de Dios según la tradición hebrea. Un secreto que, tras ser descifrado, otorgaría a su poseedor un poder inmenso.
Una de esas lápidas puede contemplarse en la actualidad en Arjona, en el palacio del barón. Sobre ella han escrito mucho Juan Eslava Galán y Álvaro Rendón Gómez, autores de La lápida templaria descifrada. ¿Será posible que dicha lápida encierre un secreto tan enorme? ¿Habrá que esperar mucho hasta que alguien logre descifrarla? Esperemos que, en tal caso, quede en buenas manos y no se cumplan las leyendas más pesimistas...

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