lunes, 7 de abril de 2014

JOHN DEE, EL RENACENTISTA MALDITO



Se dice de John Dee que fue una de las figuras más enigmáticas del Renacimiento. Hay que decir también que ha sido y es una de las más populares en el género gótico, que se cultiva en literatura desde finales del s. XVIII hasta nuestros días.
John Dee (1527-1608?)

Dee ha inspirado a autores tan importantes como Gustav Meyrink (el autor de El Golem), Peter Ackroyd, o, más recientemente, Alan Moore.
Pero, ¿qué es lo que hace a este personaje tan atractivo para los amantes de lo oculto y lo desconocido?
Para empezar, su amplio espectro de intereses. Si bien es cierto que la suya era una época de fronteras no establecidas en materia de saber (no había llegado la Ilustración con sus tijeras de podar), sí es cierto que, en su caso, estos intereses, digamos, heterodoxos, iban más allá de lo habitual.
Su fama de erudito iba pareja a la de mago.
Su biblioteca (que fue saqueada, se dice que por la plebe, durante un misterioso y mal justificado viaje a Bohemia) acogía obras de todo el saber de la época: matemáticas, astronomía, geografía, derecho, teología; así como espiritismo, alquimia, astrología y otras ciencias igual de exóticas.
Recibió ofertas de todos los grandes mandatarios de su época, pero eligió quedarse en su tierra, Inglaterra, y trabajar para la reina Isabel.


Algunos de los enigmáticos objetos que pertenecieron a John Dee
se encuentran hoy expuestos en el Museo Británico.

Hacia el final de su vida, descontento con el reconocimiento que recibía y con sus propios progresos en el conocimiento del mundo (él, como muchos otros, veía más allá, quién sabe qué), decidió volcarse sobre los saberes ocultos.
Dicen que hablaba con los ángeles.
Y que su finalidad era conocer el lenguaje universal de la creación, como una forma, quizá, de regreso a la Edad de Oro.
También se habla de algunos objetos de poder que manejó en vida, entre los que se encuentran un espejo de obsidiana azteca, y un globo de cristal con el que podría haber practicado alguna especie de adivinación (ambos pueden contemplarse hoy en día en el British Museum de Londres, en Reino Unido), además del archiconocido y enigmático manuscrito Voynich, que se dice que le pudo haber pertenecido.
Un personaje, en definitiva, digno de su leyenda. Misterioso y desafiante, y quizá por eso (como tantos otros que buscan incansablemente la verdad) olvidado y sólo parcialmente reconocido por el oficialismo

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