jueves, 21 de marzo de 2013

LA MALDICIÓN DE TUTANKAMÓN



En 1923, el arqueólogo británico Howard Carter protagonizaba uno de los acontecimientos más destacados del s. XX penetrando en la cámara mortuoria del faraón Tutankamón, situada en el Valle de los Reyes, cerca de Luxor. Suponía un verdadero hito en la historia de la arqueología moderna, pero también –como no puede ser de otra manera tratándose de faraones y del Antiguo Egipto–, dejaba abierta la impredecible y mágica puerta de las leyendas sobre maldiciones y demás sortilegios malignos que han acompañado desde entonces la investigación de las civilizaciones antiguas.
¿Qué hay de cierto en la leyenda sobre la maldición de Tutankamón?

Se cuenta que, al acceder a la cámara, Carter descubrió una inscripción en la que se le advertía de los males que, a partir de entonces, se le iban a venir encima a él y a sus acompañantes. La inscripción ya no existe –fue destruida por sus operarios durante las excavaciones–, pero los hechos que vinieron a continuación pueden ser rastreados y constatados, y durante años ocuparon un puesto destacado en la prensa de la época, que vivió fascinada los acontecimientos.
El primero en sufrir el golpe de la maldición fue Lord Carnarvon, millonario y mecenas de Carter. Fue el primero en entrar a la cámara junto al arqueólogo. Días después de aquello, a causa de una infección provocada por una picadura de mosquito y una herida que se provocaba posteriormente mientras se afeitaba, moría entre grandes dolores y padecimientos en un hospital de El Cairo, en el hotel en el que se alojaba.
A él le seguirían un hermano suyo que viajaría con posterioridad a Egipto interesado por el hallazgo, un ayudante de Carter que había trabajado estrechamente con el arquóelogo, y un radiólogo que trabajó en las investigaciones en torno a la momia del faraón. No serían los únicos. Habría, en los años posteriores, suicidios, accidentes extraños, y todo tipo de fatalidades difícilmente explicables por la mera casualidad. Incluso un canario que acompañaba al equipo durante las excavaciones moriría extrañamente, y de manera fulminante, atacado por una cobra, según la mitología egipcia, animal encargado de la protección de los faraones…
¿Se abrió realmente, junto al sarcófago del faraón, una maldición que condenaba a quienes
se atrevían entonces a interrumpir el sueño eterno de éste?

Hay, por supuesto, escépticos que se niegan a tomar en serio el asunto de la maldición, y que exponen todo tipo de razonamientos para concluir que todo esto no son más que casualidades, y que la mayoría de quienes participaron en el hallazgo murieron cumplidos los setenta años.
Es posible que tengan razón, y la lógica así se lo concede. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Nosotros, por nuestra parte, nos quedamos con una escena, una sola: la del aullido del perro de Lord Carnarvon la noche en que moría éste, y que se producía segundos antes de que el propio animalito cayera fulminado junto al cadáver de su dueño.
Así, al menos, cuenta la leyenda…

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