por
Marcus Polvoranca
Sucede
con la música, con las películas; también con la literatura. Algunas obras
desearía uno no haberlas leído aún para poder revivir el disfrute que se tuvo
al abordarlas por primera vez.
Esa
sensación maravillosa del descubrimiento, de identificación absoluta con una
narración; de verse arrastrado por las páginas como si no hubiera nada a
nuestro alrededor y que aquella noche cálida, plácida en mitad de una ciudad
europea de finales del siglo veinte, segura, confortable ‒una noche de agosto,
que fue cuando tuve el placer de leer Narración de Arthur Gordon Pym‒ se
transformase en mi imaginación en la cubierta de un barco, y las peripecias de
aquel personaje que todos los críticos han venido a identificar sin excepción
con el propio autor, con Edgar Allan Poe, en el hilo a desenrollar que me
llevaría a pasarme horas y horas leyendo hasta el amanecer, perdido
completamente el
