LOS “HOMBRES-MONSTRUO” AUSTRALIANOS

 

Cuenta el escritor australiano John Pinkney, en su volumen titulado Great Australian Mysteries, que cuando los primeros colonizadores europeos llegaron a Australia fueron advertidos en innumerables ocasiones por la población aborigen de la existencia de hombres-monstruo que vivían en el bush ‒la gran zona salvaje e inhabitada del continente australiano, que allí recibe ese nombre‒ y en la proximidad de los lagos. Aquellos testimonios fueron tomados como simples supercherías; ocurrencias de aquellas gentes atrasadas, semisalvajes, a las que no merecía la pena escuchar, y que sin embargo, a medida que fueron pasando los años, se revelarían como una inquietante verdad a base de avistamientos y: de encuentros con aquellos misteriosos seres descritos como mitad humanos y mitad animales.


Australia tiene su propio Bigfoot: el conocido popularmente como Yowie.


Según el propio Pinkney, no hablamos de un único cripto-animal sino de varios. El más conocido y popular es el yowie: un gigante similar a un gorila, que camina sobre las dos patas traseras, erguido; que luce una pelambrera negra que le cubre todo el cuerpo, deja tras de sí un rastro de mal olor fétido y que en general, como todos los hombres-monstruo australianos, mantiene siempre una actitud huidiza, tímida y pacífica, frente a los hombres. Existe una polémica entre criptozoólogos por considerar algunos que el yowie, en realidad, es una versión moderna del yewhoo, o yahoo, un término puramente aborigen que fue sustituido por el otro cuando los avistamientos de este críptido se hicieron más famosos a partir de los años setenta del siglo veinte.

El otro críptido o sub especie de hombre-monstruo australiano es el junjuddi. Sus características son similares a las del yowie, salvo en el tamaño, que en el junjuddi es mucho más pequeño. Si en el primero hablamos de una envergadura que según los testimonios varía entre los dos y los dos metros y medio, aquí hablamos de no más de un metro de altura.

En ambos casos, como decimos, los testimonios son muy abundantes. Decenas de excursionistas, de granjeros, de habitantes de los confines del bush han asegurado verlos. Es común el relato acerca de gruñidos que se escuchan en la noche ‒graves, roncos, en el caso del yowie, y más parecidos a los de un cordero en el caso del junjuddi‒ momentos antes de su aparición. Su carácter escurridizo hace que las descripciones sean siempre parciales; suele quedar en la mente el mal olor ‒algo que comparten con otra clase de fenómenos sobrenaturales‒ o los ojos de colores llamativos, amarillos, anaranjados o rojos. También comparten con estos fenómenos anómalos la preferencia, para sus apariciones, de las noches de luna llena, aunque se diferencias de aquellos por su carácter, digamos, más prosaico: suelen desvalijar neveras y despensas cuando penetran en alguna casa o tienda de campaña, como si anduvieran a la búsqueda de alimento, como pudiera suceder y sucede, de hecho, con muchos animales salvajes en estos tiempos de cambio climático.


La rica y sugerente cultura aborigen australiana está repleta de seres y mitos,
entre los que se encuentran los hombres-monstruo que pueblan el bush salvaje del país...


La pregunta es obvia: ¿existen realmente los hombres-monstruo australianos, o son una simple leyenda? No hay registro oficial de la presencia de ningún simio en el continente australiano. Sí que hay animales grandes, que caminan en dos patas, como los canguros ‒y de hecho, algunos testigos que aseguraron haber visto al yowie pensaron en un primer momento que se podía tratar de un canguro‒ pero no olvidemos que los propios aborígenes, conocedores a la perfección de su entorno, no vacilaban y hablaban claramente de hombres, de hombres-monstruo.

Nos hallamos, claramente, en el terreno difuso de lo forteano. Nuestro querido Patrick Harpur hablaría de seres daimónicos, y verdaderamente el yowie y el junjuddi cumplen con sus características. Luego está la hipótesis no menos exótica de las razas humanas supuestamente extintas ‒como los neandertales‒ que pudieron haber quedado encerradas en determinadas latitudes salvajes ‒el bush realmente lo es‒ alejadas y marginadas de la triunfante y voraz especie nuestra, el homo sapiens.

Sin poder evitarlo nos viene a la mente el Hombre de Flores, aquel espécimen prehistórico de pequeño tamaño hallado en una cueva de Indonesia. También, por otro lado, las ideas lanzadas por los escépticos acerca de que toda esta leyenda surge por la combinación del folklore aborigen de aquellas tierras y el gusto por lo extraño y lo misterioso de la sociedad de masas occidental a finales del siglo XIX, que se maravillaba también entonces con las primeras referencias en la cultura popular sobre el abominable hombre de las nieves nepalí o el Bigfoot norteamericano.

¿Qué opinan ustedes?

¿Se trata de una simple leyenda, de exageraciones por parte de los testigos, o tal vez, yendo un poco más allá, de esa costumbre ancestral del hombre, todavía no del todo olvidada, de poblar de imaginación y símbolos la naturaleza desconocida y salvaje?

Una advertencia, si quieren, de que hay lugares y momentos concretos del día que más nos valiera evitar...

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