MORADORES DEL «NO-MUNDO» (Parte IV): CARLOS V, EL EMPERADOR DE LA TIERRA SAGRADA DE YUSTE


De Carlos V se ha escrito mucho. No en vano, es uno de los personajes más relevantes de la historia. Protagonista de la época que cambió el mundo para siempre, tal vez uno de los hombres más poderosos de todos los tiempos, acabó sus días con una renuncia ejemplar, casi diríamos que poética, abdicando de los cargos por los que tanto había luchado de joven ‒el cargo de emperador, sobre todo‒ y abandonando el mundo para ir a retirarse a un rincón perdido y agreste de la península Ibérica: el bello paraje de Yuste.

Carlos V representado por Tiziano en su obra "La gloria" en la que
aparece, ya muerto, clamando por acceder al cielo de los justos...

Queda por escribirse aún el libro que narre como merece aquel abandono, aquella renuncia y huida al «no-mundo».
Se cuenta que ya de por sí el viaje fue largo, deliberadamente prolongado. Que el emperador quería atravesar la península sin hacer mucho ruido, y que solo consentía recepciones y fastos imperiales a su paso por petición expresa de sus consejeros, que le recordaban el cariño que le profesaban las gentes y el entusiasmo que había por verle y homenajearle.
Se dice que en los últimos kilómetros de aquel viaje estaba tan empeñado en llegar lo antes posible a su destino que obligó al cortejo a atravesar la sierra por el camino más recto, el más difícil.
Y la pregunta que se siguen haciendo los investigadores es: ¿Por qué Yuste? ¿Por qué aquel rincón tan apartado, tan solitario, tan agreste?
Quien haya tenido la suerte de visitarlo, sabrá que se trata de un paraje enormemente bello.
Está rodeado de bosque, de montes que ejercen allí como una suerte de cercado natural.
Apartado de los principales caminos, a los pies de la que Unamuno llamó «la espina dorsal de España», esto es, la sierra de Gredos.
Es una tierra que perteneció en tiempos a los vetones.

El palacio de Carlos V en el monasterio de Yuste (Cáceres)

Una tierra fronteriza, como la que rodea los dominios de El Escorial ‒aquellos que el hijo del emperador Carlos, Felipe II, escogería también hacia el fin de sus días para homenajear a su padre y al «no-mundo»‒, en la que quedan restos abundantes de aquel pueblo tan antiquísimo y misterioso, cuyos dominios siguen hoy custodiados por los también enigmáticos verracos.
Yuste, lo mismo que el emperador Carlos, tiene múltiples lecturas.
Es una bella y coqueta casita renacentista, al estilo de las de la campiña italiana; también es el retiro eremítico de un hombre harto de la vida mundana y prosaica de las responsabilidades, que decide alejarse de todo, y de todos, y que busca, como dicen las crónicas, bañarse con el sol de aquellas tierras en los meses más fríos, y acogerse a la sombra de los árboles y la espesura de los bosques para pasear cuando apriete el calor en verano.
Pero también fue, como lo sería más tarde El Escorial, un centro de saber oscuro, misterioso.
Ejemplo de ello sería su colección de relojes, a cargo del relojero real y científico Juanelo Turriano.
Carlos, como buen renacentista, trataba de conciliar la ciencia divina y la ciencia material y con ese fin se llevó hasta Yuste a aquel sabio tan importante de su época ‒mencionado por Kepler en sus escritos, por ejemplo, y participante de la reforma del calendario gregoriano, esa que tanto nos dio que hablar en La conspiración del tiempo fantasma‒, al que mandó construir varios relojes astronómicos y varios estanques de agua provistos también de mecanismos para cuantificar el tiempo y el movimiento de los planetas.
Ese movimiento de los astros, no lo olvidemos, sirve, en astrología, para conocer el presente, el pasado y el futuro: ni más ni menos que el poder atribuido, por no ir muy lejos, a la Mesa del rey Salomón.
¿Era Carlos, como luego sería su hijo, alguien convencido de ser el heredero de aquel mítico monarca?

Juanelo Turriano uno de los hombres de ciencia más importantes
del Renacimiento, que el emperador Carlos quiso tener muy cerca...

Nos parece lógico, y hasta exigible en alguien de su alcurnia, el buscar ese saber, ese poder sobrenatural del que tan insistentemente se habla en el Antiguo Testamento.
Sin entrar en los fenómenos sobrenaturales que rodearon su muerte ‒pájaros que ladraban, sombras extrañas de seres embozados que hacían presagiar su último aliento‒ sí que había magia, o hechos similares a la magia, en aquellos últimos días en el monasterio.
Se sabe que el emperador mandó a Tiziano retratarle en un cuadro como un hombre desnudo, de a pie, sin corona; que tras un ensayo de su propio funeral, que había ordenado ejecutar a sus sirvientes y al resto de la corte, se pasó horas mirando fijamente dicho cuadro; que de pronto, mientras se observaba a sí mismo y a su familia, representada en aquella pintura, comenzó a sentirse mal. Rápidamente mandó a su gente preparar su cuarto ‒estratégicamente situado junto a la basílica del monasterio‒, y que poco después, recordando tal vez a la que había sido el gran amor de su vida ‒la desdichada Isabel de Portugal, muerta con tan solo treinta y cinco años‒ moría entre rezos, plegarias, y el silencio de los bosques y valles de Extremadura…
Ese cuadro, el de Tiziano, guarda grandes y profundos secretos.
Javier Sierra sabe algunos, pero no todos, y es que es habilidad del mago el saber conservarlos y mantenerlos alejados de los no iniciados.
Tiziano, sabemos, estaba obsesionado también por los relojes, como el emperador, y los representaba en sus pinturas siempre que podía.
¿Qué relación guarda aquella pintura con el genio del emperador, su extraña muerte, aquel cúmulo de fenómenos paranormales que tuvieron lugar en los momentos previos y posteriores a su agonía?
Es, como poco, una señal del «no-mundo», una de esas puertas que rodean a estos extraños personajes que tanto nos apasionan. Lo mismo que el paraje de Yuste.
Tal vez haya que ser, o convertirse, en uno de ellos, para poder comprenderlos en su totalidad, en su absoluta maravilla…

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