LA LEYENDA DEL CONVENTO DE CASARÁS: TEMPLARIOS, ALQUIMISTAS Y RITOS PAGANOS EN EL PASO DE LA FUENFRÍA



Caminar es hacer magia. Es, como ya dijimos en otro sitio, activar el lomo de la serpiente; poner en marcha ciertas energías que circulan por la tierra y que conectan misteriosamente con los arcanos del hombre.
Es la mejor prueba de hasta qué punto formamos parte del entramado natural de la vida, de lo que conocemos, y de lo que aún tan solo hemos empezado a atisbar torpemente.

Casa de Eraso, en el puerto de la Fuenfría. Cuadro atribuido al pintor barroco español
Jusepe Leonardo de Chavacier (1601-1656), y que se expone actualmente en el monasterio de El Escorial

Pocas cosas son tan gratificantes como caminar por un lugar de poder. La Sierra del Dragón es uno de primera categoría, a pesar de que en ciertos tramos el silencio ‒una premisa fundamental para esa conexión mágica con el entorno‒ sea difícil de conseguir ante el gran volumen de turistas que cada fin de semana se dejan ver por sus senderos.
Desde antiguo, uno de los pasos más transitados de la cordillera fue el puerto de la Fuenfría.
En la Edad Media se llegó a instalar en la zona una venta para refugio y abastecimiento de los caminantes, los comerciantes o peregrinos que se atrevían a cruzarlo en cualquier época del año.
Felipe II, que amaba el lugar como nadie, decidió, en un momento dado, mientras se llevaba a cabo la construcción de El Escorial ‒ubicado no demasiado lejos de allí‒ una casita de campo, de recreo; un palacete en mitad de aquel paraíso de pinares y aguas frescas donde admirar cómodamente el paisaje, descansar de sus viajes por Castilla o de sus frecuentes jornadas de caza.
Puede que eligiera el lugar por otras circunstancias que van más allá de la belleza de la zona y su ubicación estratégica, pero eso es algo que no encontraremos en los libros de Historia.
La leyenda dice que en aquel mismo punto de la sierra hubo antaño un edificio templario.
No hay constancia documental; la afirmación parece responder simplemente a un error de interpretación de los cronistas de siglos posteriores ‒que hicieron caso a las habladurías de los lugareños, se nos dice‒ y que sin embargo, como en tantas otras ocasiones cuando hablamos de leyendas, se nos sirve en bandeja un misterio que va mucho más allá de las inexactitudes y supuestas incoherencias de esas propias leyendas.

¿Cuál es el papel de los templarios en la leyenda del convento de Casarás?

La leyenda, en este caso, nos remite a la llegada a la zona, allá por inicios del siglos XIV, de un tal Hugo de Marignac, miembro de origen francés de la orden del Temple, que había sido escogido por sus superiores para esconder el tesoro de los caballeros, a punto de ser traicionados entonces por la corona francesa. Eligió, para ocultar ese «tesoro», la zona boscosa conocida como bosque de Valsaín, ubicado a los pies de la Fuenfría y de una de las propiedades de la Orden, el convento de Casarás.
Asegura la leyenda que mientras llevaba a cabo esta misión, el caballero terminó enamorándose perdidamente de una castellana que no le correspondía, que no le hacía mucho caso, y fue por ello que decidió ponerse en manos de un hechicero de la zona para conseguir sus favores.
El mago, asegura sorprendentemente la leyenda, era además monje, monje eremita, que habitaba en una cueva en mitad de aquellos parajes de especiales características, muy parecido a los bosques húmedos y oscuros y llenos de grandes piedras cubiertas de musgo de la zona de Galicia.

El milenario bosque de Valsaín, a los pies de la Sierra del Dragón en su cara norte...

Era alguien ‒aquel mago/monje‒ muy temido en la zona. Parece ser que en sus siniestros rituales utilizaba a jóvenes que secuestraba en las localidades próximas; dicen que paseaba por aquellos senderos difíciles y tortuosos a toda velocidad, a lomos de su caballo, sin miedo a las tormentas, a la oscuridad de la noche, o a los posibles accidentes que ya de día amenazan a los que se atreven a cruzar aquellos caminos, llenos de dificultades, grandes pendientes y precipicios.
Dicen que en una de ellas, en una de aquellas tormentas, el caballero Hugo y aquel monje se citaron para llevar a cabo el ritual.
El caballero templario se había comprometido a entregar el tesoro de la orden al hechicero si le conseguía el amor de la castellana.
El hechicero, sospechando que el caballero no llegaría a cumplir su promesa, puso en marcha un ardid para probarle.
Le mostró la imagen de una joven y le pidió al caballero que la atravesara con su espada para conseguir lo que se proponía. El monje pidió lo suyo ‒que se le entregara, a cambio, el tesoro‒ y ante la negativa del caballero, le hizo ver a aquel que la espada, en realidad, no había atravesado ninguna imagen sino a la joven castellana pretendida por el caballero.

¿Qué misterio mensaje esconde la leyenda del convento de Casarás? 

En su locura, el caballero templario mató también al hechicero y huyó hacia ese convento de su orden, ese supuesto convento de Casarás no demasiado lejos de donde se encontraba.
Dicen que nunca más volvió a ser visto; cuentan que su presencia vaga todavía hoy por aquellos caminos lo mismo que la del monje, como dos espectros que ahuyentan a quienes tienen la valentía de dejarse ver por allí de noche.
En realidad, las ruinas de lo que es considerado un convento templario no es más que lo que queda de aquella casa ordenada construir por Felipe II.
Conocida como «casa de Eraso», por el nombre del secretario del rey que se había encargado de su construcción, el deterioro y la ruina de sus muros hizo removerse la imaginación de las gentes de la zona, que adaptaron aquel nombre por el otro, el del supuesto convento, transformando «casa de Eraso» en «Casa-rás», atribuyéndole después esa categoría de edificio religioso de tiempos medievales.
Es lo oficial, lo razonable, y sin embargo, nos cuesta mucho trabajo reducirlo todo al puro error y la fantasía aldeana y no tratar de ver un poco más allá de lo que aparece oculto en ese extraño relato.
Ya decíamos al principio que el lugar, la cordillera entera, es un enorme emplazamiento de poder conocido desde tiempos antiguos. Felipe II la eligió, sin ir más lejos, como ubicación de su templo de Salomón; su gran proyecto vital empapado de arriba abajo de sabiduría hermética que es el monasterio de El Escorial. Algunos autores apuntan a la participación del arquitecto Juan de Herrera en la construcción de aquella casita de campo de propiedad real; la leyenda, además, tiene el buen criterio de escoger a los templarios ‒la orden esotérica medieval por excelencia‒ para ser los protagonistas del relato junto a ese misterioso monje, también bastante inverosímil, dedicado a la contemplación y la magia negra.
¿Por qué no creer que detrás de esa leyenda pueda haber algo más profundo, algo conectado con el mito? ¿Podría ser la adaptación popular de un proceso más importante, más trascendente y fundamental de la historia?

La Sierra del Dragón ha sido, desde antiguo, un centro telúrico y de poder de cuyos antiguos ritos quedan numerosostestimonios arqueológicos. (En la imagen, la conocida como "Silla de Felipe II", un altar de la antiquísima religión de los vetones). 

Se nos ocurre cambiar los papeles y situar a Felipe II y su corte de alquimistas por Hugo de Marignac y los templario. Al monje hechicero de Valsaín por los antiguos cultos que, posiblemente, seguían desarrollándose en la Sierra del Dragón en tiempos del rey nigromante.
Ambos, rey y monje, se enfrascan en una guerra en la que ambos salen perdiendo, lo mismo que la joven, bella e inocente castellana (¿el pueblo?) que acaba muriendo por la codicia y el deseo de unos y otros...
Como sea, el lugar sigue sumido en el misterio, la leyenda, la confusión heredada de tiempos pasados.
Paraje natural e idílico, atravesado cada día por cientos de paseantes, conserva todavía todos los rasgos de un lugar de poder, desde luego, que merece y merecerá mucha más investigación por nuestra parte.
Sólo un último dato, algo que casi se nos olvida, pero que tiene la máxima importancia. Aquel paraje, el de la Fuenfría, ubicación de aquel legendario «convento» y de aquella «casa de campo» del rey nigromante, se sitúa muy cerca del lugar por el que pasa una antigua calzada romana.
Los romanos, como todos sabemos, eran buenísimos ingenieros. Su elección de aquel lugar para atravesar la cordillera fue abandonado con posterioridad en los tiempos modernos, en beneficio de otros, en teoría, más cómodos y funcionales.
¿Fue esa falta de funcionalidad, realmente, la que llevó a abandonar aquel lugar de paso? ¿O como ocurre con otros lugares mágicos, de fuerte resonancia esotérica, terminó siendo apartado por intereses más profundos, funcionales también pero en otro sentido bien diferente?
Seguiremos ahondando, como decimos, en una teoría que nos tiene completamente obnubilados...

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