EL MISTERIO DE LA CALAVERA CORNUDA DE PENNSYLVANIA

Esta semana vamos a hablar de un misterio que tiene mucho que ver con aquel otro famoso de los gigantes del que hablábamos por aquí hace ya un tiempo.

Cuenta la leyenda que en 1880, un equipo de arqueólogos que trabajaba cerca de la localidad de Sayre, en Pennsylvania (EE.UU.), se vio sorprendido por un hallazgo impresionante: una calavera humana de gran tamaño que poseía, sobre la frente, dos enormes protuberancias óseas a modo de cuernos.







La misma leyenda asegura que el hallazgo, que se producía en un enterramiento de varios cuerpos también de grandes dimensiones, y perteneciente a una cultura precolombina de la zona, fue trasladado a un museo local de historia y que allí desapareció misteriosamente, sin que nunca jamás se volviera a saber nada de él…

La leyenda que, como decimos, arranca supuestamente 1880, ha sobrevivido todos estos años y forma parte, hoy en día, de muchas de esas teorías dedicadas a defender la presencia de gigantes en el pasado y su conexión con aliens ancestrales y misteriosas razas de hombres blancos o de origen semítico en América.

La calavera cornuda de Sayre es vinculada, por muchos de estos teóricos, con los míticos Nephilim de la Biblia.

Se trataría, de ser confirmada su autenticidad, de una prueba incontestable de la existencia real, y no solo literaria o mítica, de aquella raza de seres surgidos, según el relato del Génesis, por la unión entre ángeles malvados, o demonios, y mujeres humanas.

¿Pertenecía la calavera cornuda a la antigua raza de los gigantes de los que habla la Biblia? ¿O puede tratarse, como en el caso de aquellos, de un simple fraude?
Imagen: Jerusalén, de William Blake (Wikipedia)





Así se explica en numerosas publicaciones que se hacen eco de aquel maravilloso hallazgo; se describen minuciosamente sus proporciones, el considerable tamaño de las protuberancias, y eso que, como decíamos, desaparecería misteriosamente a las pocas horas de haber sido descubierta…

Varios artículos publicados en Internet y libros especializados dan al traste con todas estas especulaciones. Al parecer, tirando del hilo de la leyenda, en busca de su origen, se puede comprobar que todo parte de una primera inexactitud bastante reveladora.

La excavación a la que se alude no tuvo lugar en 1880 sino en el año 1916, en un paraje próximo al que se alude en las publicaciones posteriores, llamado Spanish Hill. Yendo hasta los informes que elaboraron los arqueólogos implicados ‒y que sí coinciden con los nombres que se han estado dando‒ se descubre que el tamaño de los esqueletos encontrados no era tan fabuloso como se ha hecho creer, y aunque altos ‒de más de dos metros de altura en algunos casos‒ no sobrepasaban la altura media de los habitantes nativos de la zona, pertenecientes al pueblo de los Susqyehannock.

En dichos papeles no hay constancia alguna de ninguna calavera cornuda. Tampoco hay referencia alguna a dicho robo, y todo parece indicar que la noticia parte de una información sensacionalista de algún periódico de la época que, tomado posteriormente por investigadores o simples publicistas ávidos de seguir el hilo a toda costa, dieron por válido su contenido.

Algún día hablaremos largo y tendido sobre el interesante asunto de la arqueología vinculada a los mounds ‒montículos‒ de Norteamérica, casi desde el inicio unida fatalmente a los intereses ideológicos de corte racista y supremacista ‒la necesidad de demostrar que los nativos que estaban siendo masacrados no tenían, en realidad, tanto derecho como los colonos europeos a mantener sus tierras‒ pero de momento lo dejaremos aquí.


Algún día hablaremos por aquí del misterio de los montículos, mounds, de Norteamérica
En la imagen, el mound de Cahokia, Illinois (Imagen: Wikipedia)


Únicamente añadir que la fotografía que suele acompañar la descripción de este objeto, de la calavera cornuda, está tomada de un museo situado en Bruselas (Bélgica), el Surnateum Museum. Es, según la descripción que ofrece el propio museo en su web, una calavera perteneciente a un exorcista francés de principios del siglo XX.

El museo, hábilmente, explica que posiblemente sea de fábrica artificial, aunque no cierra la puerta a lo curioso asegurando que, de cualquier manera, la falsificación es algo que nunca ha podido demostrarse. Hace referencia al hallazgo, en América, de calaveras cornudas pertenecientes a seres de tamaño gigantesco

¿Adivinan en dónde?

Pues sí, en Pennsylvania, y en el año 1880…

(El museo aludido, en cualquier caso, nos parece maravilloso. No tengan duda de que le perdonaremos esta pequeña inexactitud y en cuanto podamos ir a Bélgica correremos a visitarlo)


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