miércoles, 8 de mayo de 2019

LA SOCIEDAD SECRETA DE LOS "HOMBRES LEOPARDO"


En el museo de Antropología de Madrid, en la sección dedicada a las culturas de América, hay una vitrina con varios tambores ceremoniales procedentes de Cuba que, a decir del cartel que hay colocado junto a ella, pertenecen a la sociedad secreta Abakuá. Según dice el mismo cartel, la Abakuá es una sociedad secreta que surgió en la isla entre esclavos de procedencia africana, durante el siglo XIX, cuyos fueron perseguidos posteriormente por las autoridades pero que hoy todavía resiste, rodeada de misterio y sin que sus más importantes secretos hayan sido revelados todavía.

¿Qué misterios se esconden tras la leyenda de los hombres leopardo africanos? ¿Qué
tiene que ver este enigma con la magia, y los ritos ancestrales que todavía hoy persisten en África y
América del Sur?

Todo parece apuntar a que sus reglas están muy estrechamente vinculadas a la magia. El sonido de los tambores en sus rituales es el vehículo por el que sus practicantes entran en contacto con los espíritus y su origen, como no podía ser de otro modo, está inspirado en las sociedades secretas procedentes de África...
Aunque respecto a la Abakuá se sabe que surgiría como consecuencia de los abusos que estaba sufriendo la población negra en Cuba ‒también en otras islas, como Puerto Rico, donde sus miembros alcanzarían relevancia en las luchas sindicales de la época‒, se desconoce completamente cuál es el origen y las circunstancias de sus predecesoras africanas.
Las primeras noticias de la existencia de estas misteriosas sectas llegan a oídos de los europeos en la década de 1870, con una terrible oleada de asesinatos que tienen lugar en Gabón, entonces colonia francesa, a manos presuntamente de unas bestias caníbales que dejan los cuerpos de las víctimas horriblemente mutilados, a veces hasta decapitados, y con marcas de profundas garras.


Es entonces cuando empiezan a prestar atención a las leyendas locales sobre extraños cultos que llevan a determinados miembros de las sociedades nativas a transformarse en leopardos ‒también hay variantes de transformaciones en cocodrilos, o babuinos‒, que sin razón aparente ‒los europeos, al menos, la desconocen‒ realizan estos terribles sacrificios cuya finalidad, al parecer, es la de mantener su enorme poder, su enorme fiereza; aquellos atributos de transformación que consiguen, eso sí, aterrorizar a sus congéneres hasta el punto de que nadie osa a abrir la boca para delatar al extranjero –al colono europeo‒ ninguno de los secretos de este culto aterrador, en el que las víctimas también son nativos.
El culto de los hombres leopardo mantuvo en vilo a las autoridades coloniales
de varios países del centro de África durante buena parte de los siglos XIX y XX...

Su leyenda se extendería a lo largo de las décadas por todo el África colonial, convirtiéndose en un reto para las autoridades europeas que veían desafiado así su poder, a través de crímenes que no podían evitar y que se situaban por encima de sus reglas y la efectividad de esas creencias, como el cristianismo, que pretendían imponer.
En 1947, un oficial encargado del control de Nigeria de Este, de nombre Terry Wilson, ideó una trampa para descubrir el secreto de esta sociedad secreta.
Tras interrumpir, una noche, uno de estos sacrificios rituales cerca de su vivienda ‒la víctima había sido uno de sus oficiales‒, pensó que los hombres leopardo regresarían a completar el ritual que no habían conseguido terminar por su intervención, y aguardó al día siguiente, entre la maleza, frente al cadáver.
Hacia la mitad de la noche se veía sorprendido por la aparición, casi fantasmal, de un hombre de gran tamaño ataviado con pieles de leopardo, que caminaba a cuatro patas. Sorprendido, lo observó devorando con sus propios dientes el rostro del cadáver del oficial; vio que en las manos llevaba unas garras metálicas, y al irse hacia él, escopeta en mano, aseguró que el tipo le había desafiado con gruñidos como si se tratara realmente de un leopardo. Lo abatió rápidamente con varias balas.
Esta sería la primera captura de un hombre leopardo en acción y la demostración ‒para la mayoría‒ de que el misterioso culto no otorgaba a sus miembros poderes sobrenaturales ‒no había conversión real de hombres en animales‒ y estaba formado por personas de carne y hueso empujadas por extrañas creencias al canibalismo y el crimen.
Pero las preguntas seguían en el aire. La captura de Wilson no serviría para responder esas grandes incógnitas en torno a los hombres leopardo.
¿Qué buscaban con sus crímenes? ¿Eran realmente sociedades que intentaban recuperar el antiguo poder ancestral de las élites locales frente a la invasión europea, o había algo más? ¿Qué llevaba a esos individuos a creerse verdaderamente bestias, a devorar, y mutilar tan salvajemente, a sus víctimas?
Los hombres leopardo, dicen, siguen operando en el corazón de África a pesar de las persecuciones, las ejecuciones y el empeño de las autoridades europeas que durante aquellos años de apogeo trabajaron incansablemente para poner fin a este culto. También mediante procesos que acabaron con la vida de cientos de personas inocentes. Como el Abakuá cubano, el poder de estas sociedades secretas sigue perfilándose en la sombra, llevando a sus miembros a un silencio absoluto respecto a sus ritos, sus actividades y los fines que persiguen.
Tal vez el arte, o mejor dicho la intuición de un artista como Hugo Pratt, pueda darnos la clave.
En su historieta gráfica titulada Leopardos (en la que trata precisamente este tema) uno de esos hombres leopardo le dice al protagonista, Corto Maltés, lo siguiente: "Es una vieja historia, Corto. [los hombres leopardo] somos la justicia africana. Nuestros pueblos, nuestras tribus, aunque enemistados entre sí, reconocen la autoridad de los hombres leopardo. Nos ocupamos de los crímenes cometidos entre africanos o contra ellos..."

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