lunes, 5 de diciembre de 2016

MISTERIOS EN LA SOLEDAD DEL MAR

por Marcus Polvoranca

No es la primera vez que me encuentro con este tipo de testimonios. Lo curioso de este caso es que no los buscaba de ninguna forma, y que vinieron a mí por casualidad.
Fue leyendo uno de esos libros que tanto me fascinan ‒sobre viajes por el mar, aventuras solitarias, gente valiente enfrentándose a lo imposible‒ que apareció de repente, reafirmándome en la idea de que el misterio nos acecha en cada esquina.

Un libro apasionante, que narra un viaje épico, todo un hito en su época,
con más que inquietantes anécdotas...

Se trata del libro Los cuarenta bramadores, del aventurero y deportista argentino Vito Dumas...


En él narra su aventura en solitario alrededor del mundo, en un pequeño yate, por una de las rutas más peligrosas que ofrecen los mares, la que lleva a recorrer el Atlántico Sur, luego el Índico, y el Pacífico, para terminar cruzando de nuevo Atlántico por el peligroso y legendario cabo de Hornos.
Llena de peripecias, y de imágenes poéticas, y apasionantes, recoge también algunos hechos asombrosos e inexplicables que tuve a bien apresurarme a subrayar, y que resumo a continuación, con el permiso del señor Dumas.
Relata, por ejemplo, cómo en una ocasión, estando en la noche oscura del océano ‒creo que se trataba del Atlántico‒ una extraña premonición le hace salir de la cabina ‒sin haber escuchado un solo ruido, ni nada‒ para toparse de repente con un barco de guerra ‒estamos en plena Segunda Guerra Mundial‒ en un hecho completamente anecdótico, raro, que le sorprende: «…es una de las tantas cosas extrañas que le suceden a los hombres de mar…», dice, «…como presentimientos inexplicables o que escapan a la explicación…».  Pero esto no es, ni mucho menos, lo más extraño.


DESCUBRE EL FENÓMENO 
LITERARIO DEL AÑO...



Más adelante narrará, en mitad de un interesantísimo capítulo titulado muy apropiadamente «Leyendas del mar», en el que, interesándose e interesando al lector por leyendas tan marineras como la del Holandés errante, o el inquietante fenómeno de los fuegos fatuos ‒pese a las explicaciones científicas, todavía estimulante y lleno de magia‒, explica cómo de nuevo, en mitad de la noche ‒y del Atlántico‒, la quietud y el silencio de su barco se llenó con una conversación entre dos personas ‒a base, dice, de monosílabos‒ que pudo escuchar con nitidez y que le llevó a creer que realmente había dos personas a bordo, tanto que tres días después ‒tras una tormenta que le impidió ocuparse de nada más que del timón, las velas, y el agua que anegaba el yate‒, lleno de inquietud, y de extrañeza por cómo había sido posible que aquellos subieran sin él haberse dado cuenta, se dedicó a rastrear la nave ‒un barco pequeño, por otra parte‒ hasta convencerse de que, o bien lo había soñado, o bien aquellos dos intrusos habían saltado por la borda ‒o bien, como terminaría sospechando‒, había asistido a un fenómeno perfectamente sobrenatural.
El testimonio, como bien saben aquellos que se dedican a investigar estos asuntos, gana credibilidad desde el hecho de que la persona que lo narra ningún interés ‒creo yo‒ puede tener en mentir o exagerar su vivencia. El relato del apasionante viaje ‒y la gesta en sí‒ tiene la suficiente enjundia como para no necesitar adornarla con nada, mucho menos con algo que podría llevar a los lectores a despreciar al protagonista, por loco o excéntrico con ganas de llamar la atención.
Es su naturalidad, la forma que tiene de situarlo en un contexto de leyendas ‒que parece conocer muy bien‒ lo que fascina del relato.
No quisiera terminar este breve comentario haciendo algunas preguntas: ¿conocen ustedes más leyendas de este tipo? ¿Experiencias de este tipo en un contexto marítimo? Nos gustaría mucho conocerlas de veras…

Marcus Polvoranca

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