viernes, 5 de agosto de 2016

LECTURAS IMPRESCINDIBLES (IV) NARRACIÓN DE ARTHUR GORDON PYM, de Edgar Allan Poe


por Marcus Polvoranca

Sucede con la música, con las películas; también con la literatura. Algunas obras desearía uno no haberlas leído aún para poder revivir el disfrute que se tuvo al abordarlas por primera vez.



Esa sensación maravillosa del descubrimiento, de identificación absoluta con una narración; de verse arrastrado por las páginas como si no hubiera nada a nuestro alrededor y que aquella noche cálida, plácida en mitad de una ciudad europea de finales del siglo veinte, segura, confortable ‒una noche de agosto, que fue cuando tuve el placer de leer Narración de Arthur Gordon Pym‒ se transformase en mi imaginación en la cubierta de un barco, y las peripecias de aquel personaje que todos los críticos han venido a identificar sin excepción con el propio autor, con Edgar Allan Poe, en el hilo a desenrollar que me llevaría a pasarme horas y horas leyendo hasta el amanecer, perdido completamente el 


sentido del tiempo.
Yo era joven entonces, como el protagonista, y apenas me importó que el final fuera tan extraño y tan, de alguna manera, inconcluso. Un inconveniente ‒o si se quiere, fallo‒ que a un gigante como Poe se le perdona, y que en mi opinión de entonces ‒también en la de ahora‒ no resta un ápice de interés a una historia que tiene fuerza de por sí, y que se escapa, como toda gran obra, de las reglas impuestas por el género.


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No sería necesario, pero es quizá conveniente, recordar que grandes lectores ‒y escritores‒ que llegaron detrás, han rendido tributo incesantemente a esta novela; desde Lovecraft, hasta Verne ‒e incluso mi adorado Stevenson‒ han querido continuar el legado que se abre con Narración de Arthur Gordon Pym, ese género intermedio entre la pura aventura y el misterio, con tintes de novela gótica y terror, y han seguido inoculando el veneno de las aventuras marítimas de tinte oscuro ‒si se me permite el adjetivo‒ en tantas y tantas generaciones de lectores que hemos venido llegando posteriormente.
Misterios del mar, tribus desconocidas, islas inquietantes, civilizaciones perdidas y la mismísima Antártida, recorren la narración y nos convencen ‒como otros clásicos imprescindibles‒, de que no somos en absoluto modernos, y de que muchos de esos temas que tomamos como propios y nos fascinan ‒con razón‒ y tanto también nos divierten, vienen siendo trillados desde hace muchísimo tiempo, al menos ‒y que me perdonen los precursores, pues no tengo aquí mucho tiempo‒ desde Edgar Allan Poe.
Permítanme, pues, que les recomiende esta novela; que les envidie si no la conocen y va a ser ésta la primera vez que la lean. Quizá sientan, como yo, al hacerlo, que ya la conocían de antes, y quizá, como yo también, sientan eso mismo, al terminarla, que dice Julio Cortázar en el prólogo de la edición que tengo ahora delante de mí, y que fue la que leí por primera vez hace años: eso de que al final el propio autor, Poe, parece desbordado por lo que le dicta su imaginación y quizá, como intuye aquél, el final inconcluso con que finaliza el relato se debe a una suerte de terror, de miedo a uno mismo y a no saber a dónde le lleva la propia historia, lo que esa mente genial y un poco perturbada le va dictando. Quién sabe de qué oscuras e inabordables profundidades del alma...

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