martes, 21 de enero de 2014

EL CURA VOLADOR DE TOLEDO



Sólo quienes conocen a fondo las leyendas de Toledo saben de la existencia de este extraño –y enigmático– personaje.
Uno más dentro de la larga lista de celebridades cuyo nombre ha quedado ligado para la posteridad al de la ciudad de las tres culturas, y que, sin embargo, parece olvidado por la Historia.

Bartolomé Lorenzo de Guzmán (1685-1724)


Hablamos de Bartolomé Lorenzo de Guzmán, nacido en Santos (Brasil) en 1685, y que tuvo el honor de ser el primer hombre en realizar un vuelo exitoso en globo aerostático.
Aquello ocurrió en 1706, según los cronistas de la época, y sí: no nos equivocamos con las fechas.
La anécdota, ya de por sí, da para mucho.
Él definía su aparato como una “máquina para andar por él aire”. Fabricada por él mismo, producto de su aguda observación del entorno y sus avanzados –para la época– conocimientos de física, fue capaz de desafiar todo lo establecido y alcanzar uno de los anhelos del hombre, que no, no tuvo que esperar al siglo XX para poder volar, como se nos ha contado hasta la saciedad…
La osadía –el desafiar el plan establecido (quizá) desde el principio de los tiempos– le saldría caro.
La Inquisición, tras observar atentamente sus progresos, su capacidad para encandilar a las masas con sus espectaculares demostraciones, decidiría atarlo en corto.
El ser jesuita, lejos de ayudarle, serviría de acicate para decidir a los inquisidores a iniciar una persecución contra él y sus maravillosos logros, ridiculizándolos primero, y más tarde, al ver que lo primero no servía de mucho, convirtiéndolo en hechicero, brujo, adorador de Satán y otras lindezas de desprestigio…
Artilugio volador ideado por Bartolomé Lorenzo de Guzmán

Y es ahí, precisamente, donde aparecen las preguntas.
Porque nuestro inventor, perseguido por la Iglesia, marcha de Portugal no para irse a algún otro lugar más tolerante donde proseguir con su vida sin sobresaltos, sino todo lo contrario…
Su cuerpo fatigado, enfermo y derrotado por aquella campaña de desprestigio, acaba en Toledo.
¿Casa esto con la lógica? ¿Por qué viaja hasta allí, hasta aquella ciudad eminentemente católica, donde la Inquisición, la Inquisición que le ha machacado hasta conseguir el exilio, perduraría más que en cualquier otro lugar de Europa? ¿Qué extrañas conclusiones pueden sacarse de este hecho?
Ninguna buena, desde luego, o tranquilizadora...
Lo cierto es que no es hasta el s. XX cuando se volvió a recordar a este genio, sin duda, de la aeronáutica.
Ya inventado el avión, ya conquistado el aire, parece ser que estaba permitido, de nuevo, reconocer sus méritos.
¿Se sabrá algún día la verdad?
Puede que no, al menos de momento. Sólo esperamos que en estos tiempos nuestros, de inventos y novedades, los nuevos mártires de la ciencia prohibida cuenten con contemporáneos más lúcidos, más valientes, quizá, para evitar un final tan triste como el que tuvo Bartolomé Lorenzo de Guzmán…

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