jueves, 6 de junio de 2013

LAS CUEVAS DE AJANTA



El viajero tiene infinitas excusas para acudir a la India. Su inmensidad geográfica, demográfica y espiritual convierten a este país en algo más parecido a un continente, donde el exceso, en nuestra humilde opinión, es la nota más destacable.
No en sentido negativo, pues faltaría más.
En cuestión de misterios, desde luego, no lo es.
¿Quién construyó realmente las cuevas de Ajanta? ¿Esconden sus muros la prueba
de contactos extraterrestres en el pasado?

Y es que la India, aquél pedazo de tierra que se desvinculó de África en el pasado remoto, y que navegó por el Índico hasta formar, golpeando bruscamente contra Asia, la maravillosa cordillera del Himalaya, conjuga en su territorio montones de credos, de enseñanzas, de sorpresas que sólo aquel que se atreve a aventurarse en su seno –su difícil, pero gratificante seno– consigue descubrir.
Las cuevas de Ajanta son un ejemplo.
Talladas en la roca, suponen una maravilla arquitectónica única en el mundo, que los expertos fechan a partir del s. II a. C.
Barrocas, llenas de adornos, bajorrelieves, pinturas, esculturas, asombran al visitante, pero mucho más al amante de los enigmas.
Porque la pregunta primera que nace al penetrar en cualquiera de ellas es: ¿cómo lograron sus constructores tan llamativo resultado, utilizando la tecnología con que contaban, se supone, en una fecha tan remota?
La perplejidad aumenta según conocemos más datos.
Como la orientación astronómica de su diseño. O la representación, a lo largo de sus paredes, de seres mitológicos que, para algunos, no son más que muestras de las mezclas entre hombres y animales que llevaron a cabo quienes crearon el mundo, y que algunos identifican con supuestos experimentos extraterrestres.
Sea esto posible o no, realidad o simple especulación fantasiosa, el enigma de las cuevas persiste. Es, como en el caso de las catedrales europeas, los grandes monumentos egipcios o las pirámides mayas, un misterio a primera vista.

Que está ahí, como testimonio de un pasado oscuro, aunque, paradójicamente, tan lleno de asombrosa luz…

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