lunes, 29 de octubre de 2012

UNA LEYENDA FAMILIAR




Lo que viene a continuación es un pequeño relato que me contó hace años un familiar mío, ya fallecido, y que mi amigo Ángel Gasóleo, novelista y otras muchas cosas más, aprovechó para construir una novela. Él, por supuesto, lo cuenta todo mejor que yo, pero se va por los cerros de Úbeda, como suele decirse, y toma la anécdota sólo como inspiración, convirtiendo el relato en otra cosa. Por supuesto, le deseo a mi amigo mucha suerte con su novela –y le agradezco el que haya puesto al protagonista el apellido de mi familia–, pero me gustaría que el relato que escuché una vez, de pequeño, no se pierda tal y como yo lo recuerdo. Así que aprovecharé este espacio para que quede registrado. Ahí va.
Debemos situarnos en los meses previos a la Guerra Civil española. Mi familiar era entonces un chaval de poco más de dieciséis años que llevaba una vida apacible –o así cabe imaginársela– en un pueblecito de Ciudad Real situado en la confluencia de los ríos Bullaque y Guadiana. El entorno es muy agreste, de montes salpicados de encinas, olivos y matorrales resecos donde uno, si sale a pasear cualquier día del año, puede encontrarse con ciervos o jabalíes retozando con sus crías. Junto al río, la vegetación es muy abundante. El ambiente es más húmedo, más verde, casi como si estuviéramos en una selva. Es muy agradable irse allí en verano, y sentarse a la sombra a escuchar el rumor del río.
Mi familiar cuenta que fue allí una tarde a dar de beber agua a los caballos y las mulas. Aunque era abril, o mayo, había sido una jornada muy calurosa, y se encontraba agotado. El trabajo en el campo, todo el mundo lo sabe, es muy duro, así que aprovechó la soledad del lugar para tumbarse en la hierba a descansar un poco. Sin darse cuenta, mecido por el discurrir del agua y una suave brisa acariciando su cara, se quedó dormido.
Al despertar, descubrió con un sobresalto que estaba ya atardeciendo. Había pasado entre sueños cerca de dos horas. No tenía reloj, pero lo intuía por la posición del Sol, a punto de esconderse por completo detrás de las sierras.
Se incorporó, y lo primero que hizo fue echar un vistazo hacia el lugar en el que había dejado a los animales. Se tranquilizó al ver que seguían allí. Durante unos segundos, había temido que se hubieran podido escapar, o que alguien se los hubiera robado.
Al levantarse, y empezar a caminar hacia ellos, se percató, con sobresalto, de algo en lo que antes no había reparado. A unos metros, sentado en una piedra, había un tipo extraño, que no conocía de nada. Tenía el pelo blanco, las barbas le llegaban hasta el pecho, y vestía una túnica blanca que parecía refulgir en la penumbra del lugar. Mi familiar se asustó mucho, tanto, que quedó paralizado sin saber qué hacer ni cómo reaccionar.
El tipo se levantó entonces, y se acercó hasta él. Al llegar hasta su altura, comenzó a hablarle. Por lo visto hablaba una lengua extraña, que mi familiar no podía comprender. Le estuvo hablando un rato, no como si quisiera mantener una conversación, sino más bien como si quisiera comunicarle un mensaje. Estuvo así quizá más de un minuto, sin que mi familiar dijera nada. De pronto, detuvo su discurso, se dio la vuelta, y se marchó.
Mi familiar, totalmente confundido, le vio alejarse por la orilla del río. Como si de pronto hubiera despertado de una pesadilla, se apresuró a desatar los caballos y las mulas y se fue corriendo hacia el pueblo. Era de noche cuando llegó a su casa. Contó lo que le había pasado, y todos se rieron de él. Trataron de convencerle de que lo habría soñado, o que, en el mejor de los casos, se habría topado con algún loco, algún vagabundo mal de la azotea. Él insistió, defendió que aquel tipo que se le había presentado era muy real, que había sentido su presencia, y que el sonido de sus palabras aún se repetía en su cabeza.
Su abuela, que vivía con ellos (era aquélla una casa de labranza, de las antiguas, donde convivían muchos familiares) fue la única que le tomó en serio. Entre las carcajadas de padres, hermanos y primos, dejó que su voz profunda y llena de sabiduría se impusiera con gravedad. Dijo, desde el rincón en que permanecía sentada, con vehemencia: “es una señal, un aviso. Está a punto de ocurrir algo muy grave, así que no riáis tanto”.
Por supuesto, no le dieron importancia a la anécdota. La olvidaron simplemente. El chico habría fantaseado, la abuela se habría dejado llevar por su imaginación y sus cosas de viejas. Pero, al poco, estallaba la guerra. La familia, como muchos españoles de entonces, lo pasaría muy mal durante aquellos años. Dos hermanos de mi familiar, precisamente aquéllos que más se habían reído, fallecerían durante la contienda.
La historia siempre me ha acompañado. Es fácil dejarse llevar por el sentido común, y concluir que mi familiar que pudo haberla inventado. Era muy aficionado a contarnos cuentos, historias para entretenernos, a mí y a mis primos, cuando éramos pequeños. Pero otros familiares, adultos e incluso gente contemporánea al relato, también lo escucharon de su boca. Con los mismos detalles, sin que en ningún momento dudara, o se le escapara alguna sonrisa al rememorar aquellos hechos.
El significado, no obstante, es algo que se me escapa. Quizá el amigo Gasóleo, con su imaginación, haya dado en el clavo. No sé. 
A él, y a la memoria de mi familiar, va dedicada.

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