martes, 9 de octubre de 2012

EL ESCORIAL, MONUMENTO AL MISTERIO


Felipe II era un tipo excéntrico. De haber sido otro cualquiera, habría acabado en la hoguera, pero oye: ser el dueño del mundo es lo que tiene.
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Aficionado a todo lo oscuro y misterioso, admirador de El Bosco, cercano a la nigromancia, a la alquimia, a todo aquello contra lo que luchaba con todas sus fuerzas y apoyaba en la Inquisición, decidió plasmar su personalidad ambigua y un tanto esquizofrénica en El Escorial, un monasterio a su imagen y semejanza.
El lugar, dedicado a San Lorenzo –la planta del edificio está diseñada para parecer una parrilla, instrumento que sirvió de tormento al santo–, está ubicado en un lugar que, a decir de las leyendas y los investigadores de lo oculto, ha tenido desde siempre conexión con lo misterioso. Para empezar, está rodeado de bosques llenos de leyendas. Rumores sobre aparecidos, enclaves megalíticos que según algunos servían para la realización de conjuros y ritos y demás al pueblo Vettonico, que tenía marcada su frontera norte allí. Se cuenta que el monasterio podría estar construido sobre la entrada a un mundo mágico. Junto a él, la llamada “Silla de Felipe II”, una misteriosa, también, formación geológica.
Con todo eso, el rey en cuyo reino jamás se ponía el Sol tuvo que estar ensalivando abundantemente. Dicen que, durante las obras, se veía acosado por un perro negro que no le dejaba en paz. También que tenía prisa por verlo acabado, y se mostraba duro e intransigente con los obreros, los encargados, y todos los que trabajaban con él.
En el edificio acumuló parte de sus rarezas. Libros prohibidos por la Inquisición, objetos para la práctica de la alquimia. El simbolismo, según los que saben, es enorme. Nada en el monasterio es casual. Hasta las esferas que coronan las torres, se dice, tienen en su interior reliquias, introducidas allí para alejar al maligno, la gran obsesión de Felipe II.
Todo esto y mucho más conforma un conjunto de leyendas que le dan un encanto añadido al monumento, consecuencia de una época en que la ciencia y la superstición todavía iban muy unidas, igual que la religión y la herejía, la ignorancia y el saber. 

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